La locura en tiempo del Coronavirus. Nueva pandemia

La locura en tiempo del Coronavirus. Nueva pandemia     

1. La locura del mundo

            Escuchar decir que el mundo está loco o se está volviendo loco no es ninguna novedad. Mencionaban ya ese tema, con metáforas muy similares, los viejos tangos, como Cambalache (E. Santos Discépolo: 1934), que probablemente buscaban sólo hacerse eco sobre lugares comunes de los cuales ya se hablaba, y mucho. Hace no muchos meses, bastante antes que se sospechara siquiera que existiría la noticia de un virus que conmovería al mundo, un pariente mío, ya mayor de edad, muy culto y acostumbrado a ser muy reflexivo, me decía, con cierta sagacidad: “¡Yo lo que noto es que el país está loco; pero en realidad, es el mundo el que se está volviendo loco!”, y a continuación añadía algunos ejemplos los que, ciertamente, parecían darle completamente la razón.

Personalmente, estoy de acuerdo con dicha apreciación, aunque añadiría varias precisiones: En primer lugar, creo que el mundo está loco desde ya mucho tiempo, quizás desde incluso hace algunos siglos, aunque considero que la locura de estos últimos cuarenta o cincuenta años no tiene, por cierto, paragón en toda la historia de la humanidad. En segundo lugar, creo que habría que hacer el esfuerzo de investigar las causas de dicha locura, hasta donde se pueda y en lo que se pueda. Creo que muchos se llevarían más de una sorpresa. Añado también algo, y es lo siguiente: Creo que cada uno tendría que hacer un minucioso examen – nada de religioso, se los aseguro – acerca de su propia coherencia, porque la falta de coherencia no contribuye a sanar ningún clima de locura. Me explico: A veces condenamos locuras en nombre de la sensatez, y realizamos, aunque sea en pequeñas cosas, gestos de insensatez bastante evidentes. Pongo un ejemplo: Encontrándonos en la habitación del hospital donde mi padre pasaba los últimos días de su vida, ya inconsciente y casi agonizando, este pariente mío, hombre culto y de gran sensatez, que hacía un acto de gran caridad visitando a mi padre – y lo hizo no una sino varias veces – hablando con los presentes de algún tema de política local, en tono de crítica, en un momento hizo el siguiente comentario: – “¡A vos, Carlos (por mí), no te preguntamos nada, porque vos estás en otro mundo …!”, comentario sobre el cual alguno de los presentes también asintió. Se refería a mi condición de sacerdote católico, sin duda alguna. Yo creo que respondí, con bajo perfil, algo así como: “¡Bueno, pero también puedo tener mis opiniones sobre temas de carácter temporal, o político!”, como creo que debería ser más que obvio. Lo hice como para minimizar su comentario, porque si hay algo que la experiencia me ha enseñado, es que la mejor actitud ante la gran mayoría de los comentarios arrojados al aire – o ante casi todos ellos – consiste justamente en minimizarlos.

Esto no es un óbice para que no se pueda elaborar, posteriormente, una reflexión al respecto: Si decimos que una persona – de 57 años, y que algún estudio tiene – vive en otro mundo sólo porque es un sacerdote, ¿no estamos acaso aportando un granito de arena a esa locura del mundo que acabamos de denunciar? Varios reconocerán en esto un perjuicio o lugar común. El problema es que estamos llenos de lugares comunes, a los cuales recurrimos con mucha frecuencia. Hecha esta digresión, vuelvo sobre el tema que me interesa.

2. La locura de la pandemia del Coronavirus

La reciente declarada pandemia ocasionada por el Coronavirus parece que ha contribuido de modo decisivo a reafirmar esta impresión de locura mundial, y en varios frentes. Convengamos en que hay motivo para cierta preocupación, y para tomar ciertas medidas preventivas, que siempre es lícito tomar. Las teorías sobre el origen del virus es una de las pruebas de esta locura que menciono: Las hay de las más diversas, desde los que dicen que todo empezó con una mezcla casual de genes de dos de entre los más estrafalarios animales (murciélago y serpiente, nada menos), hasta los que sostienen que se trata de una gran conspiración mundial en la cual se trató de modificar genéticamente algunos virus ya conocidos, y hacerlos más mortales, en búsqueda de beneficios de tipo económico, geopolítico, etc. Sin duda alguna, teniendo en cuenta lo poco que uno conoce sobre el tema, y lo que uno, amén de su ignorancia, sospecha no obstante que los medios técnicos modernos son capaces de lograr, cualquiera de esas teorías podría resultar posible. Convengamos, sin embargo, en que no deja de sorprender que tanto la ciencia como la técnica moderna, con todos sus recursos y adelantos, no sean capaces de ofrecernos más que dispares y contradictorias explicaciones. En realidad, cualquier autor de ciencia ficción podría haber pensado en una o en todas ellas, y lo hubiera hecho probablemente con mayor creatividad y belleza, si cabe el término. Por otra parte, una vez que el virus está instalado, el tema de su origen no parece ser al menos el que merezca absoluta prioridad.

Hay datos que nos brindan que son, al menos, desconcertantes: Por una parte, se nos dice que el índice de mortalidad de esta nueva ‘gripe’ no es muy alto, e incluso menor al de otras epidemias conocidas. Por otra parte, dan como certero el hecho que parece propagarse con una cierta mayor velocidad. Afecta sobre todo a las personas mayores de 65 años, lo cual no debería constituir novedad alguna para una gripe, aunque siendo un virus nuevo, no se contaría con defensas de laboratorio o anticuerpos con la facilidad con que se lo hace en otros casos. El número de fallecidos ha crecido y se ha extendido en todo el mundo, pero el de los curados – habiendo padecido el flagelo – sigue superando con creces el número de fallecidos.

La mejor opinión que he escuchado, creo que es la del Dr. Pablo Goldschmidt, virólogo argentino que trabaja en Francia, y además colabora en varias misiones médicas en todo el mundo.[1] Su opinión puede resumirse del siguiente modo:

– Para que una enfermedad sea declarada pandemia, tiene que alcanzar un pico de casos infectados, relativamente alto, y superior a los del pasado. Pero es justamente la vida pasada de este virus la que aquí no se conoce, teniendo en cuenta que los virus del tipo ‘corona’ ya existían. Es verdad que se trata de una variante, que un laboratorio chino, con una nueva técnica de observación molecular, detecta aparentemente como nueva (el Covid-19), afirmando que antes no se conocía. Lo que habría que haber anunciado, en tal caso, es que apareció un brote de una enfermedad viral, que se está investigando para saber si ya existió con anterioridad. Es verdad que esta versión es nueva, pero los síntomas eran ya conocidos (resfrío, neumonía o pulmonía). Muchos de esos síntomas o enfermedades se han debido en el pasado a virus del tipo Corona.

– Habría que ver si entre la gente común existen anticuerpos para el Corona, porque puede ser que haya gente que los tenga – de hecho, mucha gente no se enferma y se cura – y podrían también servir para esta variante, a la que muchos pueden sobrellevar con un resfrío fuerte y nada más. Eso es mejor que asustar a la gente, y mover la mano a los políticos para que tomen medidas como las que muchos países están tomando. Asustar a un mundo entero es un despropósito. La mortalidad no es superior a la de otra enfermedad de dicha clase, y tampoco la sintomatología. Sólo en algunas cuestiones de transmisión parece superior, las que justamente es necesario estudiar.

– El tenor de muchas de las medidas que se han tomado no se lo adoptó para enfermedades como la meningitis (se transmite por la saliva), la tuberculosis (por la tos y por la saliva). Lo que se ve es que gran parte de la prensa – y quizás otros sectores – están buscando torcerles el brazo a los políticos. Prohibir estornudos o usar barbijos en salas de internación donde hay gente engripada, fue siempre una medida común, porque su efecto podría resultar mortal para gente más débil o anciana. Es verdad que en Italia y en China no se habían tomado las medidas preventivas necesarias antes.

– Hay un acoso científico a los ciudadanos, que se genera en la sede de la OMS, en Ginebra (Suiza), que versa sobre cálculos matemáticos con los que han hecho reglas de tres para compararlo con grandes epidemias muy similares del pasado, como la gripe porcina y La Española (pandemia de entre los años 1918 y 1920), cuando no se contaba con los medios con que ahora se cuenta. Ese acoso científico, alimentado con la propaganda periodística, forma una opinión instalada a la que es imposible contestar. Los datos deberían poder confrontarse y resistir un análisis crítico.

– El resfrío común lo producen más de cien virus, incluido los del tipo Corona, y en algunas personas produce un cuadro de neumonía, que debe ser estudiado, hasta internando un paciente débil. Pero en muchos lados se ha descuidado la salud pública desde hace años: No hay camas, reactivos, no hay médicos suficientes para trabajar en terapia intensiva, y esa es la crisis que estamos viviendo. Hasta aquí la opinión del científico. [nota especial]

La pregunta, en definitiva, pasa por saber si la declaración de pandemia, el estado de alerta y pánico generalizado, y las declaraciones de cuarentenas obligatorias masivas ayudan o no a curar a los enfermos de este virus, y de cualquier otra enfermedad, además de causar muchos otros daños, respecto al trabajo de la gente y a la economía de los países. En opinión de gente muy calificada, pareciera que la respuesta debe seguramente ser negativa.

3. La locura sobrenatural

Pasemos ahora al aspecto sobrenatural, que dada la condición del que escribe estas líneas, debería interesarnos más: En muchos lados – en Italia, en concreto, donde vivo – se han prohibido las misas, las confesiones públicas, y hasta se presionaba para cerrar las iglesias. Ha sido iniciativa civil, pero acatada dócilmente – y hasta pareciera que con gusto, en algunos casos – por conferencias episcopales enteras, con sólo alguna que otra voz disidente. Cerrar las iglesias, teniendo en cuenta que la gente sabe que tiene que mantenerse a distancia unas de otras, sería más que absurdo, porque normalmente, fuera de horario de celebración religiosa, la cantidad de gente en una iglesia es bastante reducida como para que no puedan mantenerse a una distancia más que prudente. En tal caso, pueden prohibirse las visitas turísticas, cosa que ya han hecho. En cuanto a la Misa, dado el clima de prevención que se vive, la gente que presenta algún síntoma extraño se abstiene de por sí de asistir, además que son muchos menos los que asisten desde que empezaron a circular estas noticias – como lo pude constatar el último domingo en que se celebraron públicamente. Por lo tanto, y en cuanto al resto, podrían tranquilamente distribuirse en los horarios respectivos conservando adecuadas distancias de prevención, y mucho más aún en los días de la semana.

La obsesión que se ha instalado en ciertos obispos, sacerdotes, religiosos, de no celebrar nada ni de confesar a nadie, ciertamente que tiene muy poco de prudencia o disciplina ante el contagio, y mucho de miedo, o incluso de acidia (pereza) espiritual. Pareciera que para muchos hubiera finalmente llegado la hora de hacer lo que siempre desearon hacer. Por supuesto que, según una perspectiva creyente, la medida en sí no puede ser más desacertada. En tiempos de desgracia, hay que rezar más y no menos, y eso fue lo que siempre se hizo en la larga historia de la iglesia.

Hay finalmente un factor que queremos señalar. Pareciera que ciertas locuras buscan de corregir y enderezar algunos rumbos, aunque parezca mentira. A veces los locos cometen muchas sensateces. De hecho, y restringiéndonos solamente al nivel eclesial, pareciera que a muchas de las propuestas enloquecidas a las que nos veníamos acostumbrando, se les pone delante un obstáculo que las bloquea, al menos por ahora. Algunos obispos alemanes, por ejemplo, estaban ya proponiendo al Vaticano la autorización para ordenar diaconisas, y todos sabemos el gran ruido que se armó en torno al tema del celibato sacerdotal y su posible abolición.[2] Son todos temas ya hablados hasta el cansancio e incluso cerrados y definidos, más allá de la insistencia con que ciertos lsujetos los vuelven a poner, una y otra vez, sobre el tapete. Y lo mismo todas las ansias de absurdas reformas que nada reforman, las campañas gender, femen, y hasta una nueva discusión sobre la ley del aborto (en Argentina, en concreto), todo se suspende, se pospone, y vaya a saber para cuándo. En fin, pareciera que cuando el Maligno (perdón por mencionarlo) y sus secuaces ponen en juego sus tácticas, siempre viejas, aunque con máscaras renovadas, Alguien en lo más alto pone en juego las suyas, que curiosamente, resultan siempre nuevas y, sobre todo, imposibles de prever.

Es en ese designo, que los creyentes llamamos providencial, en el que hay que creer y poner la confianza; no en una máscara alrededor de la boca, que la mayoría de las veces no servirá a la hora de contener unos virus tan pequeños e imposibles de detectar a simple vista. Pasa el mundo, su apariencia, y sus locuras. Sólo la locura que sana, la de la salvación, queda en pie, gracias a Dios.

 

[1] Pablo Goldschmidt, doctorado en farmacología molecular en la Universidad Pierre y Marie Curie. Concluyó la formación teórica práctica de los Institutos Curie y Pasteur de París con diplomados de virología fundamental y biología molecular. Como voluntario en la OMS integra misiones humanitarias en Guinea Conakry, Bissau, Pakistán, Ucrania, Camerún, Mali y la frontera de Chad con Nigeria (https://infotecrealico.com.ar/contenido/18135/pablo-goldsmith-el-panico-es-injustificado-dijo-el-virologo-argentino-en-francia).

[nota especial] Y todo esto sin notar, además, que tanto la promiscuidad sexual como el adulterio están disparados transmitiendo virus graves y a veces mortales como el VIH, que ataca las defensas y que nunca se va del organismo, y que permite el contagio de enfermedades graves en quien lo tiene.

[2] https://www.vidanuevadigital.com/2020/03/09/el-nuevo-presidente-de-los-obispos-alemanes-preve-pedir-un-permiso-al-vaticano-para-ordenar-diaconisas/

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