Capítulo 9 del evangelio de San Juan – curación ciego de nacimiento

EL CAPITULO 9 DEL EVANGELIO DE SAN JUAN

I. INTRODUCCION Y ESTRUCTURA           

Jesús cura al ciego de nacimiento

El capítulo 9 del evangelio de Juan se presenta enteramente dominado por un tema exclusivo: La curación del ciego de nacimiento, obrada por Jesús en Jerusalén, en un contexto cronológico no bien precisado. El texto indicará sí, y con mucho detalle, los pormenores y la sucesión de los hechos que constituyen y suceden a dicha curación.

Los evangelios canónicos narran varias curaciones de ciegos obradas por Jesús, muchas de ellas en contextos diversos. La curación de Bartimeo (o “hijo de Timeo”), en Jericó, mientras Jesús subía hacia Jerusalén para su última Pascua, es una de las más conocidas, reportada por los tres evangelios sinópticos, con algunas diferencias (Mateo habla de ‘dos ciegos’).[1] También mencionan los Sinópticos la curación de un ciego, en Galilea, curado por etapas mediante el uso de la saliva por parte de Jesús, igual que en Juan 9, aunque aquí el contexto es muy distinto;[2] por último, algunas breves frases de resumen, donde se dice que Jesús “daba la vista a los ciegos” (Lc 4,18). R. Brown hace notar como las semejanzas entre las diversas narraciones de los Sinópticos y la de Juan 9 son bien pocas, y no hay pruebas convincentes que esta última dependa de una combinación de particulares tomadas de los evangelios sinópticos. Los aspectos más notables e importantes de la narración de Juan no se encuentran en los sinópticos.[3]

  1. Delimitación del pasaje

La narración inicia separándose abruptamente del contexto anterior, con la siguiente expresión: Y pasando, vio un hombre ciego desde el nacimiento (v. 1). La construcción: “y pasando” (Καὶ παράγων) es del tipo “kai (‘y’) + participio”. La expresión como tal es frecuente en el evangelio joánico, aunque siempre en relación con cuanto antecede y no para indicar un episodio nuevo, cosa que sí sucede en los Sinópticos alguna vez. De todos modos, queda claro que el recurso existe en el Nuevo Testamento. Aquí, el contexto indica que se trata de una perícopa nueva y no parece tener relación con el versículo antecedente: Tomaron piedras para lapidarle; pero Jesús se escondió y salió del templo (8,59). La escena del capítulo 9 tiene también lugar en Jerusalén, aunque no el templo, y la narración no sugiere absolutamente que Jesús esté aquí en actitud de esconderse.

Hubo lugar a ciertas perplejidades respecto a cómo ubicar el capítulo en el contexto de toda la primera parte del evangelio. ¿Hasta qué punto puede considerarse ligado a los capítulos 7 y 8? La narración no da la impresión de ser continua, y lo allí expuesto podría haber acontecido durante una de las tantas visitas de Jesús a Jerusalén. Existen, sin embargo, indicaciones que señalan un fuerte vínculo con cuanto antecede: La piscina di Siloé (nombrada en el v. 7), poseía un rol protagónico en las ceremonias del agua que eran importantes en la fiesta de los Tabernáculos y lo mismo se diga de la relación entre la luz y las tinieblas, sobre las cuales se hablará en el episodio del ciego. Todo esto tiene relación con el contexto de los caps. 7 y 8. De todos modos, la conexión con la fiesta de los Tabernáculos no es inmediata. Juan no da una indicación precisa acerca de la curación, diciendo sólo que aconteció un sábado (v. 14).

La siguiente indicación temporal tendrá lugar en el capítulo siguiente, en 10,22: Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Dicha fiesta tiene lugar unos tres meses después de la fiesta de los Tabernáculos, por lo que la conexión con cuanto sigue tampoco es inmediata. El capítulo 10 comenzará introduciendo directamente un nuevo discurso de Jesús (10,1).

Algunos han querido ver una interpolación o repetición con el episodio del paralítico curado en la piscina de Bethesda, en el cap. 5.[4] Como bien observa Brown, si bien la circunstancia del día de sábado y la acusación contra Jesús crean una cierta semejanza entre ambos milagros, el ciego locuaz e inteligente (capaz de responder a los judíos) del cap. 9 es muy distinto del paralítico falto de imaginación del cap. 5.[5] Y no sólo eso, sino que también – observamos nosotros en este caso – el contexto global es muy distinto: La controversia por el sábado fue crucial en el cap. 5 y es la que luego dará origen – después del intervalo en Galilea del cap. 6 – a las ásperas discusiones de Jesús con los doctores en los caps. 7 y 8. Serán discusiones de alto contenido teológico que justifican todo el planteo a favor y en contra de la Fe que encontraremos en toda la segunda parte del cap. 9, donde la dicotomía es clara: Se trata de creer o no en Jesús, acceder a la luz y no ser ciego. Estamos bien lejos de un contexto meramente formalista como el del capítulo 5, donde la discusión giraba solamente alrededor de la observancia del sábado como fiesta.

  1. Estructura del pasaje (ver apéndice: Estructura capítulo 9)   a) Descripción de la estructura:

            La estructura se presenta como muy sólida y bien diferenciada. Notamos, en primer lugar, que toda la temática del capítulo gira alrededor de la curación del ciego de nacimiento, y es exclusiva de aquel. Existen también muchos detalles gramaticales y de sintaxis que favorecen la delimitación y le dan forma.

Nos hemos ya referido a la delimitación y separación del capítulo anterior. El primer versículo introduce también la temática: “vio un hombre ciego de nacimiento” (v. 1). La repetición del término ciego será el factor dominante en todo el capítulo (se repite unas trece veces, en singular y en plural), y es quizás el factor lexicográfico más determinante de su unidad.

Las secciones que componen el pasaje aparecen también, a simple vista, temáticamente bien diferenciadas: Notamos una introducción con la pregunta de los discípulos acerca del ciego, seguido por el milagro obrado por Jesús (vv. 1-7). En segundo lugar, el milagro es narrado por el ciego, en principio ante el común de la gente, un auditorio indeterminado; ellos interrogan y el ciego responde, para luego repetir lo mismo con los fariseos (vv. 8-17). Estos no le creen, y por eso llaman a sus padres, quienes presentarán testimonio acerca de su hijo (vv. 18-23). Tiene lugar una segunda narración del milagro ante los fariseos, por parte del ciego (vv. 24-34), que finalizará con la expulsión de este último. Por último, el diálogo entre Jesús y el ciego (vv. 35-41) constituye la sección final del capítulo.

Además de los ligeros cambios de escena, existen también otros muchos elementos lexicográficos y gramaticales que permitirán diferenciar las diversas secciones. Podemos notar, en primer lugar, una posible inclusión general en todo el capítulo, alrededor del término τυφλός (typhlós = ciego), que aparece numerosas veces en el texto. La posible inclusión puede verse entre el v. 1 y el v. 41. Además, cada sección en que podemos dividirlo posee, por lo general, una introducción, una inclusión o más de una, y una conclusión a modo de frase o sentencia.

La primera sección introduce la entera narración, como dijimos, indicando las circunstancias: “Pasando, vio un ciego de nacimiento” (v. 1). Existe como una división en dos partes: En la primera (vv. 2-5), los discípulos introducen el diálogo preguntando “quien había pecado, si él o sus padres” (v. 2). Jesús dirá que ni uno ni otro. La pregunta y la respuesta forman un paralelismo de tipo antitético (quien pecó – no pecó; vv. 2-3), seguido de un segundo (hacer obras – no hacerlas; v. 4a-b), con una sentencia de Jesús: “Soy la luz del mundo” (v. 5), que contrasta con la realidad de la ceguera. Esta da lugar a la segunda parte, el milagro obrado por Jesús: Aquí se introduce el tema de “hacer y untar con el barro” (v. 6), que volveremos a encontrar en la narración, como también el de la piscina de Siloé (v. 7). Hay un paralelismo sinónimo entre el “ve a lavarte” y “se lavó” del v. 7, y el volver “que veía” (βλέπων). El uso del participio presente, que contiene carácter sustantivo, se opone al sustantivo “ciego” y cierra la inclusión.

            La segunda sección está constituida por el milagro narrado por el ciego (9, 8-17), con dos interrogatorios. El primero, por parte de los vecinos, comienza con un claro cambio de período gramatical: “Los que eran vecinos” (Οἱ οὖν γείτονες), seguido del inicio de una inclusión, alrededor del tema de la identidad (la del ciego en v. 8: “¿No es este?”; la de Jesús en v. 12: “¿Dónde está Aquel?”). Hay también algunos paralelismos, de tipo sinónimo, en el v. 9 (“es este; soy yo”), y en el v. 11 (sobre el lavarse). Se nota una estructura concéntrica, donde el centro lo constituye el v. 10, con la expresión “abrir sus ojos”, y algunos temas que se repetirán, como el “hacer barro y untar” y el de Siloé, del v. 11.

El segundo interrogatorio también inicia con un período gramatical bien definido: “Condujeron a la presencia” (v. 13). Vuelve a aparecer el término ciego, delineando esta vez una inclusión entre los vv. 13-17. Una segunda inclusión se da en torno al término sábado (vv. 14-16), que parece ser el argumento central de la disputa con los fariseos; tenemos también un esquema concéntrico en torno al “recibir la vista” y el “ver” del v. 15, y un paralelo sinónimo, al menos aproximado, entre el “no venir de parte de Dios – hombre pecador”, del v. 16. La sección cierra con una sentencia firme pronunciada por el ciego (v. 17), en favor de Jesús: “Es un profeta”.

La siguiente sección está también dominada casi en su totalidad por un interrogatorio, el testimonio de los padres del ciego, ante los fariseos (9, 18-23). Nuevamente se repite el término ciego como tema central (unas tres veces). La inclusión está formada por la expresión “sus padres” (o “padres de él”) entre el v. 18 y el v. 23, término recurre también en el v. 20 y en el v. 22. El carácter de estructura concéntrica de esta sección parece aún más evidente. En especial, se note el centro con la repetición de la expresión “ahora ve”, en paralelo, entre los vv. 19-21. Al centro queda nuevamente la expresión “sus padres” y “ciego de nacimiento”, en el v. 20. Se cierra también con una suerte de sentencia, al decir sus padres: “¡Tiene edad, preguntad a él!” (v. 23).

Existe una segunda narración ante los fariseos entre los vv. 24-34, cuando estos llaman por segunda vez al ciego. El tema de “ser pecador” o “nacer en pecado” domina aquí, configurando una inclusión entre los vv. 24-34, con una recurrencia en el v. 31. El término ciego recurre también tres veces (v. 24; v. 25; v. 32). Hay dos temas que configuran la sección en forma concéntrica: El “abrir los ojos y ver”, entre los vv. 25b-26 y 32, y el “saber de donde es/ser de parte de Dios”, entre los vv. 29-33. Hay también algunos paralelismos que sostienen la argumentación y van dando mayor énfasis: El “ser pecador” (vv. 24b-25), que se contrapone al paralelismo final, acerca de “saber de donde es” (vv. 29-30). En el centro, resalta el paralelismo antitético o por contraposición, como una antinomia, entre el “ser discípulo suyo (de Jesús), o de Moisés”, entre los vv. 27b-28b. También aquí finaliza con una sentencia clara: “Y lo arrojaron fuera” (v. 34).

La última sección la constituye el diálogo entre Jesús y el ciego (9, 35-41). Aquí la inclusión la determina el mismo nombre de Jesús, en v. 35 y en v. 41. La temática alrededor del ciego continúa y el término aparece dos veces (v. 39b y v. 41). Un elemento clave es el “creer” en Jesús, primero como Hijo del hombre (v. 35b) y luego como Señor (v. 38) (el término determina una pequeña inclusión concéntrica entre los vv. 36-38). Hay también tres paralelismos, de tipo antitético el primero (entre ver y no ver de 39b), sinónimo el segundo (respecto al “ser ciego” de v. 39b-40b), y nuevamente antitético el tercero (entre el tener y permanecer en pecado de v. 41). Se corona también con una sentencia final, referida a los fariseos: “vuestro pecado permanece”.

b) Síntesis:

En resumen, podemos notar lo siguiente: El capítulo entero gira alrededor de la realidad de la ceguera (dada la repetición del término ciego), contrapuesta al hecho de ver, acción que se va transformando de material en espiritual.

1º) La primera sección (9, 1-7) señala el inicio indicando que se trataba de un ciego de nacimiento; o sea, un defecto de la débil naturaleza del hombre. Los discípulos lo atribuyen al pecado, según la concepción hebrea en boga. Un primer preámbulo anuncia Jesús como luz del mundo, y que obra las obras de Dios. La segunda parte de la sección mostrará, en cambio, el milagro de Jesús: La obra de Jesús pasa por el hacer y untar barro con su saliva, seguida por el lavado en la piscina di Siloé (con su secreto nombre de ‘enviado’). Volvió viendo, al menos en cuanto a la vista material.

2º) La segunda sección (9, 8-17) comienza a desarrollarse alrededor de la problemática de la identidad de Jesús, ante los vecinos y conocidos del hombre curado, aunque todavía de un modo muy impersonal, llamándolo “este” o “Aquel”, en la primera parte. En esta, se repiten los temas de: hacer y untar con barro, Siloé y el lavarse para ver. En el centro, la fuerza está sobre el abrir los ojos. En la segunda parte, en cambio, el tema gira mayormente alrededor del sábado. Inicia con la descripción de una identidad desconocida de Jesús (“no viene de Dios”; “hombre pecador”), para terminar, confesándolo – el antes ciego – como un profeta.

3º) La tercera sección, señalada por el diálogo de los fariseos con los padres del ciego (9, 18-23), indica la dependencia carnal (son sus padres), y el testimonio que estos dan de haber nacido ciego (nuevamente aparece la expresión original). En el centro, se subraya el hecho que “ahora ve”, y el “abrir los ojos”.

4º) La siguiente sección (9, 24-34) – un ulterior careo del ciego con los fariseos – queda enmarcada por la perspectiva del pecado y de ser pecador, por un lado, acusación rotunda que caracteriza el juicio de los fariseos respecto del hombre ciego, y la de ser discípulos por otro: Los judíos rechazan ser discípulos de Jesús, se lo achacan al ciego, y se atribuyen el serlo de Moisés. Por otra parte, la posición de aquellos los mantiene en la ignorancia sobre Jesús (“no sabemos de donde es”), mientras que el antes ciego presupone ya que Jesús “es de la parte de Dios”. En el centro siempre permanece el elemento de “abrir los ojos”.

5º) La sección final presenta el diálogo entre Jesús y el ciego (9, 35-41). Muy distinto de los anteriores, el marco es la persona de Jesús, por un lado, y el “creer en El”, por otro. Este ‘creer’ pasa de ser en el Hijo del hombre a serlo en la divinidad de Jesús (Señor). El efecto ‘ceguera – visión’ se invierte: Los nuevos ciegos (los fariseos) afirman de ver, y por eso quedan en pecado; son los que antes no veían los que ahora ven.

 

II. ANALISIS DE ELEMENTOS SINGULARES

            Nos detenemos a examinar algunos versículos que poseen elementos más notables, o que llaman más la atención:

– v. 2: “Rabí, ¿quién pecó; él o sus padres, ¿para llegar a ser ciego?” La pregunta de los discípulos obedece sin duda al trasfondo cultural judío. Según los rabinos, hasta poco después del tiempo de Jesús, toda enfermedad o defecto físico en una persona era producto de una situación pecaminosa, y también existía la idea que un niño era castigado por el pecado de sus padres (cfr. Ex 20,5; Tob 3,3).[6] Al menos, se encontraba muy arraigada la idea de que, cualquier circunstancia en la cual pudiera encontrarse el hombre, esta era producto de la justicia vindicativa de Dios. La respuesta de Jesús la relaciona más con el fin, es “para que se manifieste la gloria de Dios en él” (v. 3).

– v. 6:   A diferencia del paralítico de Jn 5,1, aquí la curación no tiene lugar por la sola orden de Jesús, sino que este utiliza la saliva para curar. Hay otros dos casos en el evangelio en que Jesús la utiliza (Mc 7,3s; 8,23), sin embargo, no hay testimonios de una creencia en el poder curativo de la saliva en el mundo hebreo, diversamente del pagano. Más bien parece una prueba a la que Jesús somete al paralítico, a semejanza de lo que ocurrió a Naamán con el profeta Eliseo (2 Re 5, 10-13). Pareciera que el interés de Jesús es mostrar una acción que entra en conflicto con la concepción del reposo sabático que tenían los fariseos.

– v. 7: Va a lavarte a la piscina de Siloé – que significa enviado …

            La piscina de Siloé se encuentra al sur del valle del torrente Tirofeón, el cual dividía la ciudad inferior de la superior. La piscina se alimentaba del canal que había hecho excavar Ezequías antes del 700 a.C., tomando el agua de la fuente de Gihon, al este de la ciudad. La grafía correcta es Shiloah, que significa “aquel que envía”, o bien: “conducto de agua”, “canal”. En Is 8,6, la biblia griega (LXX) transcribe el nombre como Siloam, y Flavio Josefo como Siloa, siempre en referencia a dicha piscina. El texto hebreo presenta el término Shiloh o Shilȏ, en Gen 49,10, con relación a “Aquel que ha de venir”.[7] Conjugando quizás ambas citas, Juan interpreta la palabra como un participio pasivo del verbo shalah, y lo traduce, con valor simbólico, como “enviado”, aplicándolo al mismo Jesús.[8] El agua de la piscina de Siloé se utilizaba en la fiesta de los Tabernáculos, durante la cual Jesús había declarado ser “la fuente de agua viva” (7, 37-38).

– vv. 16-17: La parte central de la narración gira alrededor de la tensión entre el “violar el sábado” por parte de Jesús, quedando por ende este en condición de pecador, y la posibilidad de que, en cambio, Aquel “venga realmente de Dios”. Esta discusión se da ya entre los fariseos, dado lo portentoso e inaudito del milagro obrado por Jesús.[9] Algunos decían (v. 16): “No viene de parte de Dios, pues no guarda el sábado”.[10] Otros replicaban: “¿Cómo puede un hombre pecador hacer señales como éstas?” El ciego lo confesa como “un profeta” (v. 17).

– v. 29: “Este no sabemos de dónde es…”

El contraste se vuelve frontal más adelante; los fariseos habrán decidido que “que ese hombre es pecador” (v. 24), y luego que “no saben de donde es” (v. 29). En el capítulo 7, el pueblo creía saber de dónde venía Jesús, y la respuesta era: “de la Galilea” (7,41). El ciego, en cambio, dirá frontalmente que no puede ser un pecador, sino “que viene de la parte de Dios” (v. 33), cosa que Jesús había ya anticipado en el capítulo 8 (8,14). El reconocimiento del ciego prepara su profesión de Fe más completa, donde no lo confesará ya como un profeta, sino como “el hijo del hombre” (vv. 35-38). Los fariseos, por su parte, quedarán ciegos (vv. 40-41).

El recorrido temático del capítulo y de su contexto se muestran con claridad, y también es clara la intención literaria del evangelista: Hay una neta contraposición y complementariedad entre este capítulo y el capítulo 5. En aquel, la curación del paralítico de la piscina de Bethesda señalaba sólo el inicio de las obras de Jesús en Jerusalén, la ‘fiesta’ que se señala parece ser sólo el sábado, y se trata de mostrar que “el Hijo del hombre es también Señor del sábado” (cfr. Mt 12,8; Lc 6,5; Jn 5,18). El tema del sábado será sólo el inicio de las divergencias entre Jesús y los fariseos y las discusiones más álgidas se darán en los capítulos siguientes, especialmente en los caps. 7 y 8, donde Jesús se manifestará como luz del mundo y finalmente haciendo suya la expresión íntima: Yo soy (8,28; 8,58). Jesús ha ya comenzado toda una instrucción sobre su misterio más íntimo y pedirá creer en El, cosa que el ciego de nacimiento llegará a realizar, aunque no así los fariseos. En el capítulo 9, el sábado es simplemente una excusa para suscitar la Fe del ciego y quizás de algunos otros que creerán en El, incluso lo sería de los fariseos si fueran capaces de abrir el corazón. Para Santo Tomás, el milagro de Jn 9 no es más que una confirmación de su enseñanza, ya desarrollada plenamente.[11]

 

III. ELEMENTOS DE PROFUNDIZACION

            Nos valemos del comentario de Santo Tomás de Aquino, al que hemos ya hecho referencia. En primer lugar, y como ya dicho, Aquino piensa que Jesús ha mostrado, en los capítulos anteriores, la virtud iluminativa de su enseñanza, y pasa aquí a confirmarla con los hechos, en concreto con la curación del ciego. El capítulo tendrá así tres partes: La descripción de la enfermedad (vv. 1-5); la curación de esta (vv. 6-7); la discusión con los fariseos (vv. 8ss). Según San Agustín – referirá -, en sentido místico el ciego de nacimiento representa todo el género humano, porque esta “ceguera espiritual” es propiamente el pecado que el hombre contrajo desde el principio, o sea, de nacimiento (“Su malicia los ha enceguecido”; Sab 2,21).

  1. El pecado del ciego o de sus padres

– v. 2: Respecto a la pregunta de los discípulos a Jesús: “¡Señor! Quien pecó, ¿él o sus padres?”, el Aquinate tiene en claro la sentencia de Ezequiel (Ez 18,4: Todas las vidas son mías; lo mismo que la vida del padre es mía la vida del hijo; el que peca es el que morirá), y la del Deuteronomio (Dt 24,16: No serán ejecutados los padres por culpas de los hijos ni los hijos por culpas de los padres; cada uno será ejecutado por su propio pecado). Sin embargo, esto parece contrastar con algunos pasajes de la Escritura, como por ejemplo cuando se habla de Sodoma, donde se dice que los hijos fueron exterminados también por el pecado de los padres. Responde Tomás mostrando la analogía con el cuerpo humano. Algunos médicos – sobre todo antiguamente – sacrificaban un miembro sano para salvar el paciente (“cortar por lo sano”, se dice), o un miembro más noble para salvar uno menos noble (a veces se amputaba una pierna para prevenir una gangrena general, por ejemplo, o la infección de algún órgano genital o intestinal). Así sucede con los miembros de una sociedad; a veces se sacrifica el bien del cuerpo (en el caso de los hijos de los sodomitas), con su muerte, para prevenir el mal de sus almas (que sigan el pecado de sus padres y se condenen). Esto sólo se explica porque el castigo actúa no sólo para reparar sino también para remediar. El cortar un miembro sano o una parte de él tiene sentido como remedio para el cuerpo, para preservarlo.

– v. 3: “Ni él pecó, ni sus padres, sino que es para que se manifiesten las obras de Dios en él”.

            La respuesta de Jesús no debe entenderse como si él dijese que ni el ciego ni sus padres habían cometido jamás un pecado, porque todos son pecadores (1 Jn 1,8: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros), sino en el sentido que no habían cometido un pecado de tal suerte, que provocase como consecuencia el nacer ciego. En cuanto al manifestar las obras de Dios, estas son esenciales, porque nos llevan a un conocimiento adecuado del ser divino: Lo invisible de Dios, su poder eterno y su divinidad, se hacen reconocibles a la razón, desde la creación del mundo por medio de sus obras (Rom 1,20). Santo Tomás agregará que el “para qué” (sed ut en la Vg; alla hina en el texto griego) tiene realmente sentido causal. Dios puede querer ciertos ‘males físicos’ o males de pena, para que se manifieste más el bien.[12]

De tal modo que son varios los motivos por los cuales Dios permite e incluso manda a los hombres distintos tipos de flagelos, según San Gregorio Magno:[13] 1 – Como inicio de la condenación o castigo eterno (cfr. Jer 17,18 y castigo de Herodes en Hch 12,23); 2 – Para que se corrija (cfr. Sal 17,36); 3 – Para prevenir pecados futuros (cfr. 2 Cor 17,7); 4 – Para perfeccionar e incrementar la virtud (2 Cor 12,9; St 1,4); 5 – Para que se manifieste mejor la gloria de Dios.

  1. El untar barro con la saliva

– v. 6: Escupió por tierra e hizo barro de su saliva, y untó el barro sobre sus ojos.

            Santo Tomás rescata dos interpretaciones para esta acción de Jesús; una literal y una segunda alegórica (en el sentido de representación a través de un símbolo).[14] La primera, en este caso, ha sido concebida por San Juan Crisóstomo del siguiente modo: Cristo ha querido mostrar, escupiendo su saliva, que obraba el milagro con una virtud por El emanada, y que aquel no debía atribuirse a otra causa (Lc 6,19: Salía de él una virtud que curaba a todos). Si bien podía realizar milagros con sólo pronunciar una palabra, se sirvió muchas veces de su cuerpo para hacerlos, para mostrar que, del mismo, como instrumento de la Divinidad, emanaba una virtud salvífica. Formó a su vez barro, para mostrar que, habiendo formado el hombre del barro de la tierra, poseía también el poder de curar los defectos corporales del hombre. Finalmente, lo untó sobre sus ojos, para mostrar que era el creador de los cuerpos, curando los ojos, que son los miembros más excelentes del cuerpo humano.

San Agustín, en cambio, interpreta esta acción de Jesús de modo místico y alegórico: El escupir la saliva, que procede de la cabeza, indica el Verbo de Dios que procede del Padre, Señor de todas las cosas, como lo da a entender el Eclesiástico: “Yo (la Sabiduría) he salido de la boca del Altísimo” (Ecclo 24,5). El Señor hizo barro con su saliva cuando el Verbo tomó la carne humana. Se derramó sobre los ojos del ciego, como el Verbo se derrama sobre los ojos del corazón, mediante la Fe en la Encarnación. No obstante, el ciego aún no veía, como los catecúmenos, que tienen ya una Fe incipiente, más no reciben todavía el Bautismo. Sólo allí se recibirá la plena iluminación. Es necesario todavía “lavarse en la piscina de Siloé, que significa enviado”, porque aquél que se bautiza debe hacerlo en Cristo, el enviado del Padre.[15]

  1. El examen del milagro

Aquino afirma que con la pregunta del v. 10: “¿Cómo pues, se han abierto tus ojos?” comienza propiamente el examen del milagro realizado. El problema se da porque muchos de los que observaban el ciego ahora curado, lo habían conocido anteriormente, como mendicante. La naturaleza misma del milagro lo hacía poco creíble, en principio.[16] Por otra parte, se manifestaba también la admirable clemencia de Dios, que obraba sus maravillas no sólo con los poderosos, sino también con la gente más humilde.

El evangelio presenta opiniones diversas: a) Los que blasfemaban de Cristo (16a): “Este hombre no viene de parte de Dios, pues no guarda el sábado”; b) Los que lo estimaban (16b): “¿Cómo puede un hombre pecador hacer señales como éstas?”; c) La discordia entre ellos (16c): Y había división entre ellos.

Respecto a la primera, dirá que, en realidad, Cristo respetaba el sábado mejor que ellos, porque sólo se violaba el sábado cuando se realizaban obras pecaminosas en dicho día. Encontrándose Cristo ausente de pecado, lo respetaba más que ellos. Los que lo estimaban, hacían notar que un pecador no podía realizar tal tipo de obras; de hecho, se dirá más adelante que “incluso algunos jefes y fariseos creían en El, pero no lo decían abiertamente” (12,42). En cuanto al disenso entre ellos, este era signo de su ruina inevitable.[17]

Lo interrogan una segunda vez (al ciego), sólo para sostener su calumnia (v. 26: “¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?”). La malicia de los fariseos emerge en el intento de hacerle negar la verdad; la constancia del ciego, en cambio, en la firmeza para confesarla. Este último, en efecto, insistirá en que tal milagro viene necesariamente de Dios y que no le consta, por otra parte, que Jesús sea un pecador (cfr. v. 25). Pero es evidente que los jefes no buscaban conocer la verdad, sino sólo presentar una acusación contra Jesús, basándose en el modo en el cual este había obrado (por eso no preguntan: “¿Cómo has hecho para ver?”, sino: “¿Cómo te ha abierto los ojos?”). El ciego, en cambio, da testimonio de la verdad con gran audacia, recriminando incluso a los fariseos, y testificando que aquella (la verdad) es ilustre y fuerte, mientras que la mentira, aunque apoyándose en los potentes, es siempre frágil y débil. La conclusión es: “Si éste no fuera de la parte de Dios, nada habría podido hacer” (v. 33).

Condenando el ciego, los fariseos incurren en tres pecados, según el Aquinate: Mentira, soberbia, injusticia. Incurren en el primero cuando le echan en cara su enfermedad: “Has nacido en pecado” (v. 34a), lo cual demuestra que ellos pensaban erróneamente, que toda enfermedad o adversidad corporal debía provenir de sus precedentes pecados. El pecado de soberbia, al enrostrarle: “Y pretendes enseñarnos…” (v. 34b). El pecado de injusticia, al echarlo fuera, por confesar la verdad abiertamente (se cumplía lo predicho por el Señor en Lc 6,22).[18]

  1. Encuentro con Jesús

            La actitud de Jesús con el ciego será totalmente contraria a la de los fariseos. En primer lugar, se nota el compromiso de Cristo en instruir (v. 35); en segundo lugar, el deseo de creer, por parte del ciego curado (v. 36); en tercer lugar, la enseñanza de la Fe para conducirlo a la perfección (vv. 37-38).

El compromiso de Cristo se nota en su diligente consideración para interesarse por cuanto le había sucedido al ciego, y por la diligencia en buscarlo. El deseo del ciego, en la facilidad con que creerá que Jesús era el Hijo de Dios (habiéndolo considerado anteriormente ‘un profeta’). Se evidencia en su frase (v. 36): “¿Y quién es, Señor, ¿para que crea en él?” Esto demuestra que en parte lo conocía, en parte lo ignoraba, pero se muestra dispuesto a creer totalmente en El, lo que demostrará en la siguiente frase (v. 38): “¡Creo, Señor!”, y se prostró ante El, por su confesión oral y por sus hechos concretos.

La frase final de Jesús (v. 39): “He venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven, vean, y los que ven, sean ciegos”, significa que los que se reputan pecadores, comienzan a ver, iluminados por la Fe, mientras que los soberbios, que son “los que creen ver”, pasan a ser ciegos por permanecer en las tinieblas.

Aquino concluye comentando la frase final de Jesús: “Si fuerais ciegos …”, o sea, si ignorarais la ley de Dios y los sacramentos legales, “no tendríais pecado” (al menos no grave). Si pecaran por ignorancia, su pecado no sería tan grande. En cambio, como los fariseos se arrogaban la ciencia de la Ley y del conocimiento de Dios, el pecado era grande, y además permanecía (cfr. Lc 12,47).[19]

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[1] Cfr. Mc 10, 46-52; Mt 20, 30-34

[2] Mc 8, 22-26.

[3] Cfr. R.E. Brown, Giovanni: Commento al vangelo spirituale, Cittadella, Assisi 19913, 494.

[4] Cfr. El increíble artículo de L. Devillers, Une piscine peut en cacher une autre à propos de jean 5,1-9a; Revue Biblique 106, 2 (abril 1999), pp. 175-205.

[5] Cfr. R.E. Brown, Giovanni, 492-3.

[6] Tob 3,3: No me castigues por mis pecados y mis errores ni por los que mis padres cometieron delante de ti. La mención del Talmud es de Shabbath 55ª, citada por A. Wikenhauser, L’Evangelo secondo Giovanni [Nuovo Testamento commentato IV; Morcelliana Brescia, 1959], 252: “No hay muerte sin pecado, ni castigo sin culpa”.

[7] No se apartará de Judá el cetro, ni el báculo de entre sus pies, hasta que venga Aquel (Shiloh) y los pueblos le obedezcan.

[8] Shiloah como nombre de la piscina, no es una forma de participio pasivo, como requeriría la etimología de Juan. En opinión de Brown, o bien el evangelista utiliza otra forma vocálica de la raíz (shālūah: enviado), o bien cita con total libertad (cfr. R.E. Brown, Giovanni, 486). No es imposible – agregamos nosotros – que recurra a la interpretación llamada pésher, común en textos de Qumrán, donde se combinan dos o más citaciones aplicándolas a una situación actual.

[9] Cfr. Wikenhauser, L’Evangelo, 259.

[10] No encontrándose el ciego en peligro de vida, el darle la vista era una obra que podría eventualmente posponerse, a causa del sábado, en la opinión de los rabinos. Además, para la Mishnah (Shabbath 7,2), el “amasar” o hacer una mezcla, era uno de los 39 trabajos prohibidos en sábado (cfr. Brown, 487).

[11] Cfr. Tomás de Aquino, Comentario al evangelio de San Juan (In evangelium Iohannis expositio), IX, lect. I, ed. Città Nuova, Roma 1992, vol. II, 149.

[12] Cfr. Tomás de Aquino, Comentario, 152-3.

[13] Cfr. San Gregorio, Moral., Praefatio, c. 5 (PL 75, 523).

[14] No en cuanto sentido alegórico de la Sagrada Escritura, como lo entiende el Aquinate en sus obras más maduras, pues este último supone un sentido real de lo significado por las palabras del texto sagrado, y no meramente simbólico. En el sentido en que lo tomamos ahora – como solía tomarlo la Patrística y San Agustín en particular –, si bien se hace mucho uso de la simbología, no es tampoco meramente metafórico o impropio. Supone ciertamente una interpretación, pero que ha sido constante y coherente en la historia de la Iglesia, acorde con el texto, y adoptada por la espiritualidad cristiana e incluso por el mismo Magisterio.

[15] Cfr. Tomás de Aquino, op.cit., 157-9 [ed. Marietti; 1310-11].

[16] Hab 1,5: Yo haré en vuestros días algo que aun si se os contase, no lo creeríais.

[17] Cfr. Tomás de Aquino, op.cit, 165-6 [ed. Marietti; 1325-28].

[18] Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien y cuando os excluyan, os insulten y proscriban vuestro nombre como maldito por causa del Hijo del hombre.

[19] Cfr. Tomás de Aquino, op. cit, 184-5 [ed. Marietti; 1360-63]. Lc 12,47: El criado ese que conoce la voluntad de su señor, pero no prepara o no actúa conforme a esa voluntad será castigado muy severamente.

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