LA CONFIANZA EN DIOS

LA CONFIANZA EN DIOS (P. JAEGHER, S. J.) 

Jesús rescata a Pedro de las aguas del mar de Galilea (Mt 14,31)

           Con ocasión de lo que estamos viviendo en estos días, y teniendo en cuenta que el tema se adapta, quiero dedicar este pequeño ensayo (aunque teológico – religioso) a los cuarenta y cuatro (44) tripulantes del submarino ARA San Juan, de la Armada Argentina, desaparecido desde hace ya diez días. Por sus almas, por la salud espiritual de sus familiares, por la patria Argentina, sus Fuerzas Armadas, y todos los hombres y mujeres de buena voluntad que la quieren de alma y están dispuestos a entregar sus vidas. Para ellos el reconocimiento, las gracias, y este tema de la confianza en Dios, quien tendrá misericordia de sus almas, si es que acaso ya pasaron de este mundo al otro.

  1. En sí misma

En la vida natural, en las relaciones humanas, vida de familia, etc., es necesaria la confianza. También lo es en la vida espiritual.

            ¿Qué es la confianza? Santo Tomás dice que es una forma de la esperanza: “La confianza es parte de la esperanza, según el texto de Job: Tendrás confianza en la esperanza propuesta (Jb 11, 18). Por lo tanto, confianza parece significar la esperanza que da crédito a las palabras de otro que le promete su ayuda (Summa Theologiae II- IIae., 129, a.6). Dice también: “Puede llamarse también confianza aquella en la que se concibe esperanza por la consideración de algo: a veces en sí mismo, como cuando uno, sintiéndose sano, espera vivir mucho tiempo; otras veces en otro, cuando uno, al ver que el otro es un amigo muy poderoso, confía en que le ayudará”. En la ad.3, agrega otra definición: “Una esperanza fortalecida por una sólida convicción” (a.6, ad.3). Por eso dice el padre Jaegher que es “como el desarrollo o la dulce floración de la esperanza”.

           ¿Qué cosa esperamos de Dios?: Esperamos El mismo, el Bien Supremo, la Bienaventuranza eterna, y todos los medios que puedan conducirnos a Él. Dios nos ha creado para El, a fin de que le poseamos ya un poco aquí abajo, por la Fe y por el Amor, para que vivamos de Él y por El, y que lo poseamos en modo definitivo en el Cielo. Lo que esperamos de Él es la consecución misma de nuestro último fin.

            Como el designio de Dios para con nosotros es que lleguemos a la unión con El, es por eso que ha puesto en nuestro corazón un hambre y sed insaciables de Él: “Nos hiciste Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en Ti” (San Agustín, Confesiones, I, cap. 1). Dios no sólo permite, sino que ordena al cristiano esperar la satisfacción perfecta y total de esa profunda y ardiente aspiración de nuestro ser; y por eso ha puesto, junto con la gracia, la Fe y el Amor, la Esperanza sobrenatural. Esta aspiración sobrenatural comprende un doble sentimiento: 1) el deseo de la felicidad sobrenatural que Dios nos ha asignado como fin último de nuestra vida; 2) la seguridad de llegar a la perfección de esta felicidad.

            Estos dos elementos se desarrollan simultáneamente, aunque a veces parece dominar uno u otro, de acuerdo a las circunstancias y vías por las cuales Dios nos conduce. En las grandes pruebas espirituales, sobre todo en las noches místicas, el segundo elemento de la esperanza, la “seguridad de llegar a la perfección y los medios para llegar a ella”, se purifica en el crisol de las tribulaciones. Nos parece que esa seguridad es muy pobre y vacilante, pero no es más que una apariencia. La vivacidad del deseo ardiente de santidad, que constituye el primer elemento, es una prueba de que esa esperanza subsiste.

            Es por eso que Dios no es sólo el objeto, sino también el apoyo y la razón de nuestra esperanza. Por eso una esperanza basada sólo en el sentimiento o conciencia de nuestras fuerzas no es ya la esperanza cristiana o sobrenatural. Una confianza que no es más que un cálculo de probabilidades no es ya digna de su nombre, no es ya la virtud teologal. Es más, cuando más se confía en los recursos humanos, más se apaga la hermosa flor de la esperanza cristiana. Es por eso que especialmente en las grandes pruebas espirituales y sequedades, como afirma San Juan de la Cruz, es necesaria esa confianza. Si el alma se desespera entonces, aunque no sea del todo, si se agita demasiado y se turba en exceso, impide la acción iluminadora y purificante de Dios, y este, muy a pesar suyo, se ve obligado a apartar del alma sus gracias más preciosas y a llevar al alma por caminos menos arduos, que jamás llegarán a la cumbre.

            “Hay que perseverar, sobre todo en estas pruebas, con paciencia y humildad, desconfiando de sí para sólo agradar a Dios (sin fatigarse inútilmente buscando el consuelo sensible o espiritual). Cuando no se hace así, se es muy flojo y remiso para ir por el camino áspero de la Cruz” (cfr. S.J. Cruz, Noche Oscura, I, c.6, 5-6).

  1. Confianza en las tentaciones

         Es especialmente allí cuando tenemos necesidad de gran confianza: Sé en quien he puesto mi confianza – dice San Pablo (II Tim 1,12).

            Las tentaciones son variadas: 1) Contra la virtud teologal de la Fe, producidas por el demonio o sugeridas por la atmósfera materialista que nos rodea; 2) Tentaciones contra la virtud teologal de la esperanza, tentaciones de cansancio y desánimo; 3) Tentaciones contra la virtud teologal de la Caridad, que se esfuerzan por conquistar nuestro corazón y separarlo de Dios para ligarlo a las cosas materiales y efímeras; 4) Tentaciones contra las virtudes morales, en especial contra la pureza.

         “Aún del punto de vista psicológico – afirma el P. Jaegher – la confianza y el ánimo que ella engendra, nos son absolutamente necesarios para estos terribles combates, en especial contra el demonio de la impureza (y otros demonios)”. Sobre todo del punto de vista sobrenatural, la confianza pura en Dios sólo, nos es absolutamente necesaria. Sin ese escudo indispensable, caeríamos muy pronto bajo los dardos envenenados del enemigo. Si tenemos mil razones para temer y desesperar de nosotros mismos, cuando consideramos nuestra pobre alma unida a este cuerpo inmundo, tenemos más razones todavía para esperar, cuando volvemos los ojos hacia Dios.

           Cuenta el padre Walter Ciszek, S.J., que pasó veinte años en campos de concentración, que tuvo varios momentos en que parecía desesperar de todo, y fue la confianza en Dios, el abandonarse totalmente, aquello que lo salvó. Especialmente se refiere a ello durante los primeros cuatro años, en los cuales estuvo en una cárcel de seguridad en Moscú. Frecuentemente era interrogado, sospechoso de espionaje a favor del Vaticano – en aquel momento Pio XII realizaba fuertes intervenciones denunciando el comunismo-, y se le sugería, en primer lugar que dejase el sacerdocio, en segundo lugar que firmase una adhesión a la iglesia ortodoxa rusa.

         Como él era bastante hábil, se las ingeniaba para responder con habilidad, sin mentir, pero sin renunciar a la propia Fe. Conseguía embrollar el adversario, pero poco a poco se daba cuenta que lo único que estaba haciendo era posponer indefinidamente el momento que debía ser inevitable – ya que los interrogatorios se sucedían-, y que consistía en tener que dar pleno testimonio de su Fe. Confiesa haber estado al punto de la desesperación, como sobrepasado y abrumado por lo poco esperanzadora de su situación. Dice: “Supe que estaba llegando al fin de mi habilidad en posponer una decisión. No veía salida para esto. Desesperé en el sentido más pleno de la palabra: Perdí todo sentido de esperanza. Vi solamente mi propia debilidad e indigencia en elegir alguna de las dos opciones que tenía: o cooperación o ejecución”.

           Dice que recordó Jesús en el Huerto de Getsemaní, como rezando para que pasara de El este cáliz; esto es, presentando al Padre su legítima aspiración, terminaba no obstante su oración con un acto de total abandono y sumisión a la voluntad del Padre.

         Fue entonces que declara que fue consolado por Dios. Dice que supo enseguida lo que tenía que hacer, y como tenía que hacerlo, y que podía hacerlo. Llama a esa experiencia una verdadera conversión: “Supe que tenía que abandonarme completamente a la voluntad del Padre y vivir de ahora en más en este espíritu de abandono a Dios (…) El me estaba pidiendo un acto de total confianza, sin interferencias de ninguna naturaleza de mi parte, sin reservas, sin excepciones, sin áreas donde podría poner condiciones o parecer que dudaba (…) El estaba pidiendo un completo don de mi mismo (…) Yo estaba sorprendido lo mucho que me había tomado a mí, en términos de tiempo y de sufrimiento, aprender esta verdad”. “-Sólo cuando había llegado a un punto de total bancarrota de mi propia fuerza, pude por fin rendirme (ante Dios)”.

            Dice que el cambio fue tan notable, que hasta el mismo oficial que lo interrogaba lo percibió desde el comienzo. Este vino con una nueva propuesta: Ser capellán en un regimiento de ‘polacos libres’ que tenían que luchar en el segundo frente, aunque después le propusieron ir a Roma, aunque observado, para pasar información a los soviéticos. Cuando finalmente el oficial vino con el documento para ser firmado, él lo rechazó con mucha tranquilidad, estando seguro que tenía que hacerlo. Dice que el oficial se enojó muchísimo, pero que “él supo interiormente que había ganado”. “Yo sentí su presencia en aquel momento y supe que me estaba guiando a un futuro según sus designios y providencia. Yo no quería otra cosa”.

(La primera parte tomada de Paul de Jaegher, Confianza: Meditaciones, Ed. El Mensajero, Bilbao 1960).

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