La profecía de las setenta semanas de Daniel

LA PROFECIA DE LAS SETENTA SEMANAS        

Profeta Daniel – Bóveda de la Capilla Sixtina – Ciudad del Vaticano

El libro bíblico de Daniel posee, según los estudiosos, un género literario llamado apocalíptico, y es quizás el único libro de todo el Antiguo Testamento que posee dicha característica prácticamente desde el inicio hasta el final. De todos modos, tanto la tradición judía como la cristiana lo han siempre considerado como un libro de profecía, y al mismo Daniel como un personaje real, histórico, y además profeta y vidente que vivió durante prácticamente todo el exilio de los judíos en Babilonia durante el siglo VI a.C.

Fue la crítica racionalista de origen protestante la que, en primer lugar, instauró el lugar común por el cual se empezó a pensar que el libro debía haber sido escrito en un período muy posterior en el tiempo, alrededor del siglo II a.C., durante la persecución de los judíos por parte del rey Antíoco IV Epífanes, o incluso con posterioridad a dicho evento. Existe un artículo, así como otros subsidiarios (original en italiano), que muestra como la concepción tradicional – dejada hoy de lado por muchos estudiosos – posee un gran fundamento, en especial la que considera que la llamada “profecía de las setenta semanas” (de años) del libro – en el capítulo 9 -, se cumplen exactamente en Jesús, Cristo y Señor, en particular en su Pasión y con alguna referencia a la destrucción de Jerusalén por manos de las legiones romanas en el 69-70 d.C.

  1. Sobre el libro de Daniel

            Es hoy la hipótesis más común entre la mayoría de los estudiosos la que sostiene que el borrador final del libro fue redactado en Judea alrededor del 164 a.C., probablemente a partir de escritos más antiguos. Ha sido esta una toma de posición muy evidente por parte del racionalismo y el revisionismo bíblico, que pusieron en duda la autenticidad del mismo libro de Daniel. Fue la Enciclopedia Británica la primera en argumentar que la fecha tendría que situarse entre el 167 y 164 antes de Cristo, en referencia a las teorías del filósofo Porfirio del siglo III d.C. Muchos estudiosos de hoy todavía creen que el libro fue compuesto alrededor del 536 a.C. y que fue escrito en Babilonia.

La superposición de diferentes textos se refleja en el hecho de que el libro está escrito en parte en hebreo, en arameo y en parte en griego. Los contenidos se basan en las palabras del profeta Daniel, que vivió durante el exilio de Babilonia (desde el 605 a.C.). Según el historiador José Flavio, Daniel es parte de la línea real de David (Antigüedades Judías, X, X, 1). Muchos historiadores coinciden en que Daniel, ya 500 años antes (o al menos más de 100) profetiza en detalle la venida de Jesucristo, la pasión, la muerte y la destrucción de Jerusalén, y que indica con precisión el período de tiempo en que esto habría sucedido. Esto se conoce como la “profecía de las setenta semanas”. Es importante destacar que el contenido de la profecía era ya conocido y difundido seguramente antes del 163 a.C.

  1. La profecía de Daniel

El libro dice que en el año 538 a.C., Ciro el Grande de Persia recibe el reino de Babilonia y emite un decreto que permite a los judíos a regresar a su tierra y reconstruir el templo en Jerusalén. Este hecho había sido profetizado por el profeta Jeremías (cfr. Jer 25,11; 29,10).[1] Grupos de judíos comenzaron a regresar, y Daniel, hablando en nombre de Dios, anuncia su profecía: «Setenta semanas están decretadas para tu pueblo y tu Ciudad Santa: para cerrar el delito, poner fin al pecado y expiar el crimen, para traer una justicia eterna, para que se cumplan visiones y profecías y consagrar el lugar santísimo. Has de saberlo y comprenderlo: desde que se decretó la vuelta y la reconstrucción de Jerusalén hasta un príncipe ungido pasarán siete semanas; después durante sesenta y dos semanas será reconstruida con calles y fosos, pero en tiempos difíciles. Pasadas las sesenta y dos semanas matarán al ungido inocente; vendrá un príncipe con su tropa y arrasará la ciudad y el templo. El final será un cataclismo, y hasta el fin están decretadas guerra y destrucción. Firmará una alianza con muchos durante una semana, durante media semana hará cesar ofrendas y sacrificios y pondrá sobre el Templo la abominación de la desolación y esto será hasta el final, y hasta que la consumación caiga sobre el desolador» (Dan 9, 24-27).

Este tipo de profecía es totalmente original, incluso en el Antiguo Testamento. Se habla de años y no de semanas, así por lo menos lo han entendido todos los intérpretes, y esto no es exclusivo del libro de Daniel. En Num 14,34, leemos por ejemplo: Cuantos fueron los días que empleasteis en explorar el país, cuarenta días, otros tantos serán los años que cargaréis con el peso de vuestras iniquidades: cuarenta años, un año por día. Así experimentaréis lo que es apartarse de mí. También Ez 4,6: Cuando los hayas terminado, te acostarás luego del lado derecho y cargarás con la iniquidad de la casa de Judá durante cuarenta días: te cuento un día por cada año. La misma expresión “semana de años” aparece de modo explícito en el texto del Levítico 25,8: Contarás siete semanas de años, siete veces siete años; y las siete semanas de años harán un período de 49 años.

En el texto de Daniel, semanas de años corresponde a un total de 490 años (70 × 7). Además, las palabras de Daniel no tendrían sentido si suponemos se tratase de días. Afirmar, por ejemplo, que “en siete días es posible hacer un pacto con muchos”, o que “a mediados de la semana (esto es 3,5 días) puedan abolirse sacrificios y ofrendas” no tiene mucho sentido (la semana de siete días ya había sido asimilada después del exilio de Babilonia, en el 586 a.C., aunque probablemente estaba ya en uso desde hacía mucho tiempo). Según algunos autores, en una sección del libro apócrifo de Henoc, de género literario apocalíptico – similar al libro de Daniel – y que recibe el nombre de Apocalipsis de las semanas, se habla de “semanas de la historia del mundo” (y no se trata de días).[2]

Las setenta semanas (490 años) se dividen por Daniel precisamente en tres periodos: 7 semanas (es decir, 49 años), 62 semanas (434 años) y 1 semana (7 años). Las primeras 7 semanas (49 años) transcurren desde el decreto para reconstruir Jerusalén hasta la figura clave de “un príncipe consagrado” (que en la versión griega de Teodosión se llama “ungido” [Mesías], como eran ungidos en Israel los sacerdotes y los reyes – raramente los profetas -). Después de siete semanas, se tomará sesenta y dos semanas (434 años) para reconstruir Jerusalén y el templo. Será un período de lucha y de pruebas. Después de estos 483 años (49 + 434), otro Mesías – aquí el término es unánime: “ungido” – será injustamente asesinado. Después de eso, en una semana (es decir, siete años), un príncipe extranjero va a destruir Jerusalén y el templo, poniendo fin al antiguo culto. El término “cataclismo” (o lit.: “inundación”) hace hincapié en la naturaleza apocalíptica del evento.

  1. Cumplimento con Jesús

            Para intentar lograr un cálculo de precisión del año en el que se suponía que la profecía de Daniel debía cumplirse, se hará necesario evaluar diferentes variantes:[3]

1) Identificar el “decreto para reconstruir Jerusalén y el templo”, decreto que el libro de Daniel indica como punto de partida de las “Setenta semanas”.

2) Decidir qué tipo de calendario de referencia se sigue, si el calendario solar de 365 años o el lunar de 360 que aparece mencionado en el Génesis y Apocalipsis. Muchos estudiosos argumentan a favor del segundo, aunque el margen de error es realmente insignificante.

A) Si se inicia desde Artajerjes II (445 a.C.): La profecía de Daniel pide de contar: (9,25) “Desde que se decretó la vuelta y la reconstrucción de Jerusalén”… Entre todas las posibles hipótesis, la única que cumple con estas exigencias es la que se inicia con el decreto de Artajerjes II en el 445 a.C., en el mes pascual de Nisán, que, como leemos en Nehemías 2,1,[4] a diferencia de todos los anteriores (Ciro, Darío I, que más tarde sólo confirmó el edicto de Ciro y Artajerjes I Longímano) en realidad autorizó la reconstrucción de Jerusalén y sus muros. El decreto de Artajerjes II fue sin duda emitido en el 445 a.C., y posee un nivel de certeza muy alto que deriva de fuentes bíblicas y no bíblicas, a partir de los registros astronómicos y de las tablas cronológicas de Claudio Tolomeo. Incluso si tenemos en cuenta el año sideral de 365 días, el resultado, como hemos dicho, no difiere mucho.

B) Siete semanas hasta Esdras: La profecía de Daniel sigue (9,25): “Hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas”. A partir del 445 a.C. y avanzando siete semanas o 49 años (“proféticos”, que corresponden a 48 años “reales”) se llega al 397 a.C. Allí encontramos una figura clave en el renacimiento de Israel (un “Mesías Príncipe”), tanto desde el punto de vista civil como religioso. Corresponde a ese año el ‘nihil obstat’ de Artajerjes II a algunos líderes de Israel guiados por Esdras, para regresar a Jerusalén y restablecer el estado judío. Esdras era un sacerdote y escriba que reconstruyó la identidad civil y religiosa de Israel. Tuvo un papel muy importante y se considera como una de las figuras más importantes del Antiguo Testamento, siendo para los judíos como un segundo Moisés. Humphrey Prideaux escribió: “Esdras fue visto como otro Moisés, fue considerado con razón el segundo fundador de la Iglesia y del estado de los Judíos”.[5] Esdras, por lo tanto, parece corresponder perfectamente al personaje aludido. Durante ese período, el texto afirma que la ciudad de Jerusalén será reconstruida, aunque con ciertas dificultades: “se volverá a edificar la plaza y el muro (o: fosos) en tiempos angustiosos” (9,25). Toda esta reconstrucción se describe en el libro de Nehemías y se realiza bajo el dominio político persa. Lo de los “tiempos angustiosos” puede hacer referencia tanto a las dificultades para reconstruir la ciudad durante años (ante las amenazas de los colonos de otras nacionalidades establecidos en las cercanías desde el tiempo del exilio), cuanto a las persecuciones de Antíoco IV y el proceso de helenización llevado a cabo por los reyes seléucidas durante el siglo II a.C., o bien a ambas cosas.

C) 69 semanas hasta la pasión de Jesús: Después de las siete semanas en las que encontramos la figura de Esdras (“Mesías Príncipe”), la profecía continúa: “Pasadas las sesenta y dos semanas matarán al Ungido inocente” (9,26). Para entender el significado del “ungido”, tanto R. Anderson como posteriormente H.W. Hoehner (y muchos otros antes que ellos) han hecho algunos cálculos sencillos adoptando el año bíblico de 360 ​​días; multiplicando las 69 semanas de años citados por la profecía (7 + 62), contando cada semana como de 7 años, se llega a 483 años efectivos. Para averiguar el número de días se hace un simple cálculo: 483 multiplicado por 360 (los días del año bíblico) = 173.880 días. Este es el número real de días que según Daniel debían transcurrir entre el decreto de Artajerjes II y la muerte de un “inocente ungido”. Ahora, teniendo en cuenta el año de la muerte de Jesús, el 32 d.C., se llega a este resultado sorprendente: Sabiendo que el año 0 no existe y considerando que desde el año x1 a.C. hasta el x2 d.C. han pasado (x1 + x2 -1) años, esto da: 476. Teniendo finalmente en cuenta que un año solar dura exactamente 365 días, 5 h, 48 m, 45,8 s (entonces 365,2421968 días), se concluye que desde el 445 a.C. hasta el 32 d.C. han transcurrido exactamente 476 x 365,2421968 = 173.885,2857 días. Como vemos se trata de un número muy cercano al previsto por la profecía (173.880). Si consideramos el año sideral de 365 días, 6 h, 9 min, 10 seg. (365,2563657 días), parece que los días transcurridos ​​ascienden a 173.862,0301 días (365,2563657 x 476), acercándose así aún más. A partir del 445 a.C. al 32 d.C. transcurren exactamente 69 semanas de años con una desviación de menos de un mes; por lo tanto, la pasión de Jesús se encuentra perfectamente centrada por la profecía de Daniel.

            Teniendo en cuenta que el fin de las semanas era el: “Poner fin al pecado y expiar el crimen” (9,24), eso se logra con el sacrificio de Jesús, como atesta elocuentemente el Nuevo Testamento.[6] No tendría mucho sentido pensar que se cumplió en tiempo de la persecución de Antíoco y los mártires macabeos.

D) Jesús corresponde al perfil designado por la profecía:

El profeta usa para indicar esta figura el término hebreo “Mesiah Nagid”, que se deriva de la raíz aramea “mashah” y significa “ungido”. La palabra “nagid” se usa como adjetivo (Mesías es el sustantivo), significa propiamente líder, conductor, guía, príncipe; literalmente en hebreo: “el que está en la cabeza”, pero se usa sobretodo en sentido religioso, el pastor que ha sido designado por Dios para su obra. La expresión es traducida en la versión Vulgata como “Christum Ducem”, y en el siríaco como “Cristo Rey”, por Teodosión como “Cristo egoumenou”. Cabe señalar que el texto no dice: “hasta una cabeza, o conductor, o guía o líder, quien ha sido ungido”, sino “hasta (la llegada de) un Ungido”, o sea, hasta un elegido como el Mesías que ha de ser al mismo tiempo, el conductor o guía o líder. Daniel por lo tanto, no está queriendo significar un personaje extraño que por sus características ha sido ungido, sino específicamente el “Ungido de Dios”, el Mesías, quien también es conductor, guía, líder, y que Israel estaba esperando no sólo para sí mismo, sino también como guía para todas las naciones. La evidencia es tan clara que los que quieren rechazar el mesianismo de la profecía identifican este personaje con el Sumo Sacerdote Onías III, depuesto y asesinado hacia el 175 a.C.[7] El filólogo P. Winandy escribe: “Hemos notado que la literatura qumraniana otorga generalmente una perspectiva escatológica a ambos términos “ungido” y “jefe”. Ellos nunca se aplican a un personaje histórico contemporáneo. El Apocalipsis de Daniel, siendo parte de este tipo de literatura, nos lleva por lo tanto, a asignar a estos dos términos una perspectiva mesiánica”.[8] En resumen, solamente Cristo, entre todos los personajes del Antiguo Testamento, puede ser designado sacerdote y rey.

  1. Última semana: Destrucción de Jerusalén (año 70 d.C.)

La profecía se cierra afirmando: “Vendrá un príncipe con su tropa y arrasará la ciudad y el templo. El final será un cataclismo, y hasta el fin están decretadas guerra y destrucción. Firmará una alianza con muchos durante una semana, durante media semana hará cesar ofrendas y sacrificios y pondrá sobre el altar el ídolo abominable hasta que el fin decretado le llegue al destructor” (9, 26-27).

Ningún otro acontecimiento histórico puede asemejarse a la profecía sino la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén llevada a cabo por las legiones romanas en el 69-70 d.C. La guerra de Palestina – como se la conoce – da inicio en el 66 o 67 y dura hasta el 73 – 74 d.C., exactamente siete años o “una semana de años”. El mismo historiador judío Flavio Josefo afirma en su obra “Las guerras judías” que el templo de Jerusalén sólo fue destruido dos veces en la historia: La primera vez por los caldeos de Babilonia y la segunda y última por obra del emperador romano Tito. Y lo mismo se atesta en la Mishná de los hebreos. No hay por tanto, ninguna otra interpretación posible de la profecía de Daniel. El “príncipe que vendrá” no coincide sino con Vespasiano y su hijo Tito, líder del ejército romano, el cual efectivamente forjó una alianza con muchos reinos vecinos, como dice la profecía – y fueron estos ‘vecinos’, paradójicamente, los más duros con los hebreos -. La parte más impresionante de la profecía es la que afirma que “en la mitad de la semana” (esa es la traducción más correcta y no: “durante la mitad de la semana”) destruirá la ciudad y el santuario, que fue justamente lo que hizo el ejército romano.

La historia muestra, en efecto, que se tomó exactamente 3 años y medio para conquistar y destruir el templo: el ataque de Vespasiano comenzó a principios del 67 d.C., (como máximo en la primavera de ese año) y el templo fue quemado y destruido por el ejército romano en el verano del 70 d.C. (el día décimo del mes Loos, por lo tanto, de julio), o sea el segundo año del reinado de Vespasiano.[9] La ofensiva total duró siete años, desde el 67 hasta el 74, en que fue destruida la fortaleza de Masada. La ciudad y el templo fueron completamente arrasados, Israel se desperdigó y fue el fin del sacrificio y del culto antiguo.[10] Como detalle curioso, toda la profecía de Daniel se basa sobre el número 7 y el 70, y fue pronunciado en el medio entre los precedentes 490 años (en que Salomón comienza a construir el templo de Jerusalén), y los siguientes 490 años, que culminarán con la total y definitiva destrucción del Templo. Resumiendo: Podemos hablar de un ciclo inicial de setenta semanas de años de vida del Templo, un ciclo intermedio de siete semanas de esclavitud, y otro ciclo de setenta semanas al fin de las cuales el Templo (el segundo en ser construido) queda totalmente destruido.

La única nota que parece quedar fuera de lugar es el período efectivo de 38 años que media entre la crucifixión de Jesús y la destrucción de Jerusalén. En realidad Daniel no dice en ningún lugar que estos eventos han de verificarse inmediatamente. Como ya notan Hoehner y Gundry, Daniel dice que la destrucción de Jerusalén tendrá lugar “después de las sesenta y dos” (y luego de las sesenta y dos semanas), y no durante la semana setenta. Este esquema insólito nos lleva a suponer que la 70 semana no siga necesariamente a la 69, sino que haya un intervalo entre ambas.[11] [12]

  1. Jesús se atribuye a sí mismo la profecía de Daniel

            Una observación que apoya esta interpretación es que Jesús, en persona, se aplicó a sí mismo la profecía de Daniel, reformulando y enriqueciendo con muchos detalles el anuncio de la inminente destrucción del Templo y Jerusalén (Mt 23, 38-39; Mt 24, 1-2; Mt 24, 15-25). Jesús se aplica también a sí mismo el nexo o conexión que la profecía establece entre el asesinato del Mesías y la destrucción de Jerusalén y del templo (Lc 19, 41-44).[13] No sólo eso, sino que a menudo hace referencia explícita a las antiguas profecías sobre la destrucción de Jerusalén que estaba a punto de ocurrir (Lc 21,22). Se identifica también precisamente con el “Hijo del hombre” de Daniel (Lc 21,27), y en su discurso en Jerusalén, evoca explícita y directamente la profecía de las “setenta semanas” con las siguientes palabras: “Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, la anunciada por el profeta Daniel, instalada en el lugar santo – el que lee entienda -, entonces, los que estén en Judea huyan a los montes…” (Mt 24, 15-16). Y es evidente, por estas palabras de Jesús reportadas por los evangelistas, que Él – y por lo tanto sus oyentes – todavía no reputaba como realizada y concluida la profecía de Daniel (que no se cumplió con Antíoco IV y Onías III, como han sugerido otras hipótesis). Los primeros cristianos también entendieron la profecía como realizada en Jesús y en la destrucción del templo, como lo atestiguan y demuestran los apócrifos libros de 4 y 5 Esdras.

  1. La tradición católica

            Siempre la tradición católica ha visto una profecía mesiánica en el texto de Daniel. Esto se demuestra por el antiguo texto litúrgico de las Calendas con la que todavía se anuncia al mundo el nacimiento de Jesús en la víspera de Navidad (“en la sexagésima quinta semana, según la profecía de Daniel…”). Aún más, en el Catecismo mayor de San Pío X figura un apéndice donde se declara cumplida esta profecía con la pasión y muerte de Jesús. En el Dictionnaire de la Bible (1912), editado por eminentes estudiosos de la Biblia, las “Setenta semanas” encuentran su cumplimiento en la muerte de Jesús y la destrucción del Templo y Jerusalén (Dictionnaire de la Bible, p. 1280). Todo esto vale la pena destacarlo para comprender el desastre en el que ha caído la exégesis católica posconciliar, que de repente decidió no interpretar esta profecía en términos mesiánicos, en apoyo de la tesis racionalista.

Hemos dicho que el historiador judío (de cultura helénica) Flavio Josefo (37 – 103 d.C.), que pertenecía a la elite intelectual, política y religiosa del Israel de entonces, también ve en las profanaciones llevadas a cabo por los ‘zelotes’ (guardianes judíos del templo y fanáticos) la causa inmediata de la destrucción de la nación, tal como Daniel la había profetizado. En su obra Antigüedades judías, escrita entre el 93 – 94 d.C., afirma que «Daniel vio “muchos años antes de que llegara”, los “eventos desafortunados bajo Antíoco IV Epífanes” que “durante tres años impedirá el ofrecimiento de sacrificios”. (Y añade): “Del mismo modo Daniel también escribió sobre el Imperio Romano, que Jerusalén sería tomada por ellos y destruido el templo. Todas estas cosas reveladas por Dios, él las puso por escrito, de manera que aquellos que las leen y observan la forma en que ocurrieron, se sorprenderán del honor hecho por Dios a Daniel”».[14]

  1. Conclusión

            La única interpretación que responde plenamente a las exigencias de la profecía de Daniel es la que ve cumplida la profecía con la muerte de Jesús, la destrucción de Jerusalén y el templo en el año 70 d.C., el fin del viejo culto y también el final de las profecías del A.T., y esto sea por el cálculo matemático, por la fidelidad a lo que la profecía afirma, por el carácter apocalíptico de la misma.

Esta profecía de las “setenta semanas” fue escrita y conocida oficialmente sin lugar a dudas desde el año 164 a.C. en adelante, aunque transmitida por vía oral, o presentada en otras formas desde al menos 200 años antes. Los detalles de esta profecía son tan increíbles, que aún quien no es creyente, podría incluso suponer que fue escrita después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. Atreverse a tanto es no obstante difícil, por suerte, porque la antigüedad y autenticidad del libro bíblico son absolutamente también confirmados por los hallazgos de Qumrán. Se encontró allí todo el libro de Daniel como lo conocemos, y, en particular, algunos de los manuscritos que lo reportan, datan del siglo II antes de Cristo, casi dos siglos antes del nacimiento de Jesús y la ruina traída por los romanos. La existencia de esta profecía es una de las pruebas de la inspiración divina de la Biblia, y justifica los numerosos intentos de desacreditar la autenticidad por parte del racionalismo y el miedo excesivo y el deseo de la neutralidad por parte de la exégesis post-conciliar. Sin embargo, como hemos visto, todas las alternativas a la interpretación tradicional no gozan de una base racional.

Hemos presentado una versión del artículo, resumida, modificada y traducida por nuestra autoría. El artículo original, en italiano, puede hallarse en: http://www.uccronline.it/2010/11/13/la-profezia-delle-settanta-settimane/

 

[1] 25,11: Las naciones vecinas estarán sometidas al rey de Babilonia durante setenta años; 29,10: Cuando se cumplan setenta años en Babilonia, me ocuparé de ustedes, les cumpliré mis promesas trayéndolos de nuevo a este lugar.

[2] El dato es interesante, desde el momento que varios versículos del Apocalipsis de las semanas se han conservado en el fragmento arameo 4Q212 (4QEn), hallado en Qumrán, perteneciente a la gruta 4 y datado como del s. II a.C., por lo cual, si la fuente del argumento de las “semanas de años” fuera el mismo libro de Daniel, esto obligaría a poner la fecha de composición de este último probablemente antes del siglo II a.C. (cfr. G. Bastia, La profezia delle setenta settimane [Dan 9: 24-27] [http://digilander.libero.it/Hard_Rain/Settanta.pdf], p. 6).

[3] El artículo que seguimos pretende corroborar, como lo hemos anticipado, la opinión patrística y tradicional acerca de que la profecía de las semanas de Daniel se cumple con Jesús. Esa es la intención. No se trata de ningún interés de investigar y hacer cálculos proféticos por puro prurito o deseo de hacerlo.

[4] Neh 2,1: Era el mes de marzo del año veinte del reinado de Artajerjes… En 2,9 se hace mención a las “cartas” para los gobernadores e intendentes de los bosques reales.

[5] El artículo cita la tradicional obra de J. Prideaux, Histoire des Juifs, Amsterdam & Leipzig 1755, vol. II, cap. V.

[6] Rom 3,25: Al que Dios públicamente presentó como medio de expiación por su propia sangre, mediante la fe; Heb 2,17: De aquí que tuviera que ser asemejado en todo a sus hermanos, para llegar a ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en las relaciones con Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo.

[7] Cfr. La Biblia de Jerusalén, Bilbao 1998, 1320, en nota a 9,26. Coincidiría también con el “príncipe de la Alianza” de Dan 11,22, aunque en este último caso la identificación con Onías III parece más justa.

[8] Cfr. P. Winandy, Etude philologique de Daniel 9: 24-27, 1977, 279.

[9] Cfr. Flavio Josefo, Bellum Iudaicum (Las guerras judías), VI, 250; VI, 268-9.

[10] Otra interpretación, de Bouges y Newman, ven las “setenta semanas” como setenta ciclos de siete años, partiendo del decreto emanado por Artajerjes II, que cae en el ciclo sabático del 450 al 444, e y llega a la muerte del Mesías en el ciclo sabático que va desde el 28 d.C. hasta el 34 d.C., coincidiendo con los años de la muerte de Jesús (RC. Newman, Public theology and prophecy data: Factual evidence that counts for the biblical worldview, Journal of the Evangelical Theological Society 46/1, March 2003, 79–110).

[11] Cfr. H. Hoehner, Chronological Aspects of the Life on Christ, pp. 59-60; R.M. Gundry, The Church and the Tribulation, Zandervan 1973, p. 190.

[12] No es algo que sea inusual en la literatura de tipo apocalíptico y del mismo libro de Daniel, que en el capítulo 11, después de una minuciosa descripción profética de eventos que esta vez así parecen coincidir con la persecución de Antíoco IV Epífanes, de golpe salta en el tiempo, y con la expresión: Al final de los días (o de los tiempos)…, describe eventos aparentemente no registrados en la historia, que podrían hacer referencia la final de los tiempos, en la interpretación tradicional.

[13] Lc 19, 41-44: Cuando se acercó, al contemplar la ciudad, lloró por ella, diciendo: “¡Ah, si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ¡ay! queda oculto a tus ojos. Porque días llegarán sobre ti, en que tus enemigos te cercarán de empalizadas, te sitiarán y te oprimirán por todas partes; te arrasarán a ti y a tus hijos dentro de ti; y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por no haber conocido el tiempo en que fuiste visitada”.

[14] F. Josefo, Antigüedades de los Judíos, X, 7, 275-277.

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