Matrimonio en la Biblia : El hombre no separe lo que Dios ha unido

Bodas de María y José - Iglesia de Nuestra Sra del Monte - Anjara (Jordania)

Bodas de María y José – Iglesia de Nuestra Sra del Monte – Anjara (Jordania)

      Muchos católicos suelen asombrarse y quedar perplejos ante cierta polémica planteada respecto al Matrimonio en la Biblia , a partir de la cual,  incluso entre los católicos, se pretende justificar el divorcio en palabras de Jesús. Presentamos el capítulo final (conclusión) del libro: El hombre no separe lo que Dios ha unido , del padre Gonzalo Ruiz, IVE: En dicho libro, el padre analiza varios textos del Nuevo Testamento en los cuales se deja bien claro la doctrina de Jesús sobre el matrimonio cristiano, contestando una publicación del prof. Guido Innocenzo Gargano,[1] cuya intención era la de dar su aporte a un punto específico de la amplia problemática en discusión en la Asamblea Sinodal sobre la familia de octubre 2015, o sea el modo con el cual la Iglesia debe afrontar pastoralmente el doloroso problema de los cristianos cuyo matrimonio sacramental ha fracasado y se encuentran en una situación de convivencia con otra persona… Gargano interpreta de modo muy particular los dos textos del evangelio de Mateo en los cuales Jesús se refiere a la práctica del divorcio concedida por Moisés a los judíos (Mt 5,31-32; 19,3-12). El p. Ruiz contesta, en su libro, siguiendo el principio del respeto por el sentido literal de la Escritura, como ha sido también el sentir de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.

[1] G. I. Gargano, “Il mistero delle nozze cristiane: tentativo di approfondimento biblico-teologico”, en Urbaniana University Journal Euntes Docete 67 (2014) 51-73. Concluyendo la publicación de estas páginas tuve conocimiento que el Card. W. Kasper, en una reciente publicación, ha citado el artículo del Prof. Gargano: cfr. “Nochmals: Zulassung von wiederverheiratet Geschiedenen zu den Sakramenten? Ein dorniges und komplexes Problem”, in Stimmen der Zeit (7/2015) 435-445, nota 4.

Conclusión general

La enseñanza de Jesús sobre el divorcio y segundas nupcias, presente tanto en los evangelios sinópticos como en los escritos de Pablo, es definitiva y forma parte de la revelación del NT, recibida y conservada fielmente por la Iglesia. Se trata de una enseñanza de origen divino-apostólico, absoluta y universal, que prohíbe el divorcio y, en caso de segundas nupcias de quien se ha divorciado, considera esta segunda unión como un adulterio.

En este sentido es claro que Jesús ha abolido el precepto mosaico que consentía el divorcio mediante el otorgamiento de un libelo de repudio. Una hipótesis que pretenda reivindicar el valor de este precepto no tiene ningún apoyo en una exégesis seria de los textos del NT al respecto, sea en su sentido literal, sea en los contextos inmediatos, sea en el conjunto de la revelación neo testamentaria. Una tal hipótesis hace violencia a los mismos textos[1]. Ya San Jerónimo enseñaba que quien estudia el texto sagrado debe atenerse en primer lugar “a la exacta interpretación” y que “el deber del comentarista no es el de exponer ideas personales sino las del autor que está comentando”[2]. De lo contrario, dice él, “el orador sagrado está expuesto al grave peligro, un día u otro, a causa de una interpretación errónea, de hacer del Evangelio de Dios el Evangelio del hombre”[3].

En el caso particular del divorcio, y de una ulterior unión con quien no es el propio cónyuge, una interpretación errónea de los textos bíblicos tiene consecuencias desastrosas. Porque si Jesús aprobaba, e incluso perfeccionaba, el precepto acerca del libelo de repudio como una concesión misericordiosa, entonces aceptaba también el adulterio que se seguía luego. Pero en sus enseñanzas es absolutamente claro que es necesario no cometer adulterio para entrar en la vida eterna (Mt 19,18).

Por otra parte, si Jesús no hubiera venido a suprimir nada de la Ley mosaica, sino solamente a tener en cuenta la situación concreta del pecador, Él no habría venido tampoco a llamar a todos los pecadores a salir de aquella situación llamándolos a la conversión (cfr. Lc 5,32). Para algunos, en efecto, habría otro camino de salvación, el de la Ley mosaica. Pero, como afirma San Pablo, la ley es incapaz de dar la justificación. Si Jesús hubiese dejado al hombre sometido a la Ley de Moisés, entonces Él no salvaría del pecado y dejaría, en cambio, que los enfermos continuaran siendo enfermos, resignándose Él mismo a no poder alcanzar el skopòs intentado.

En una hipótesis semejante la confusión es grande, y la concepción de la salvación parece más protestante que católica, porque falta una adecuada teología de la gracia. Si queremos ser coherentes con este modo de razonar deberíamos concluir que, al menos en algunos casos, la naturaleza humana estaría irremediablemente corrompida por el pecado, sin posibilidad de ser sanada por la gracia. Pero esto es contrario a la revelación y a la fe católica. Porque la gracia infundida en el corazón del hombre hace de él una nueva criatura, sana las heridas desde el interior y lo eleva al orden sobrenatural por la participación formal en la vida divina. ¡Es en este modo que se alcanza el skopòs de la obra salvífica de Cristo! [4].

Afirmar la validez de la Ley mosaica para la salvación, aunque sea para poder entrar como mínimo en el reino de los cielos, es también gravemente contrario a la revelación del NT, y en consecuencia a la fe cristiana. Si la Ley mosaica es todavía camino de salvación, Cristo habría muerto en vano. Es muy grave, además, tratar de imponer la validez de los preceptos del ley antigua a los cristianos. Varias veces, mientras escribía estas líneas, pensaba en el grito de Pablo en la carta a los Gálatas, contra aquellos que buscaban “judaizar” en este sentido a los cristianos venidos de la gentilidad. Después de haber dicho “No anulo la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justicia, habría muerto en vano Cristo” (Ga 2,21), prosigue el Apóstol: “¡Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado a vosotros, a cuyos ojos ha sido presentado Jesucristo crucificado? Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿habéis recibido el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la predicación? ¿Tan insensatos sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿termináis ahora en carne?” (Ga 3,1-3).

Es claro que la enseñanza del Señor, aun cuando se refiere al siempre válido designio originario de Dios, era nueva en el mundo hebreo, donde estaba permitido el divorcio y las segundas nupcias a condición de otorgar un libelo de repudio. Es en este contexto que Jesús prohíbe la posibilidad de divorciarse y de casarse nuevamente con su precepto absoluto: “el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mc 10,9; Mt 19,6). La Iglesia primitiva, por lo tanto, debió afrontar este problema tanto para los judíos que abrazaban la fe, como para los paganos, tan habituados a la validez legal de la praxis del divorcio[5]. Desde el principio, sin embargo, la Iglesia fue fiel a su Señor. El texto paulino de 1 Co 7,10-11 certifica cómo la autoridad del mandamiento del Señor haya prevalecido frente a todo el libertinaje del mundo antiguo, tanto hebreo como pagano. Esta firmeza se debe a la fe en el mandamiento dado por el mismo Jesús: “el hombre no separe lo que Dios ha unido”. La firme convicción de su validez universal ha sostenido a largo de los siglos las constantes enseñanzas de la Iglesia en esta materia, y ha sido, incluso, causa de persecución y de numerosos martirios.

La misión de Jesús está toda caracterizada por la misericordia hacia los pecadores. Pero es una misericordia que empuja a la conversión y al cambio de corazón, como Él mismo la define: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan” (Lc 5,32). Jesús no condenó a la mujer sorprendida en adulterio, pero tampoco le dijo “va y haz que te den el libelo de repudio, así puedes continuar viviendo del mismo modo”. Él de ningún modo la alentó a perseverar en su situación de pecado. En cambio, claramente, en su infinita misericordia le mandó: “Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8,11), porque para el necesario cambio de corazón Él ha traído consigo la ley nueva, la gracia del Espíritu Santo derramada en los corazones (cfr. Rm 5,5). También a la mujer samaritana, que había tenido cinco maridos y vivía aún con uno que no era su esposo, Jesús le presenta el misterio del don de Dios, del agua viva que sólo Él puede dar, y que “brota para la vida eterna” (Jn 4,11-15).

Con su gracia, en efecto, es posible cumplir todos sus mandamientos, incluso el precepto de no unirse more uxorio a una persona que no es el propio cónyuge, aunque esto signifique tener que llevar la cruz cada día (cfr. Lc 9,23). Pensar que vivir la castidad no es posible para quien ha fracasado en su propio matrimonio significa no creer, de hecho, en la gracia interior de Dios, que hace del hombre viejo una nueva criatura (cfr. 2 Cor 5,17; Ga 6,15). Significa también pensar que el Señor nos manda cumplir lo que es imposible, anulando de hecho la gracia de Dios con la cual todo es posible, a pesar de nuestras debilidades[6].

Por otra parte no se puede distinguir entre “verdad objetiva” y “verdad subjetiva” ni siquiera en el ámbito moral-existencial[7]. La distinción es inaceptable y abre la puerta a cualquier tipo de relativismo moral, donde la propia conciencia pasa a ser la norma suprema del obrar, aun cuando no se corresponde con la verdad objetiva de la ley de Dios, revelada en su plenitud en Jesús. La verdad por definición es objetiva. La realidad subjetiva puede corresponder a la verdad o puede no corresponder. En este último caso, no se trata de “verdad subjetiva”, sino de un error, y es una obra de misericordia corregir a quién se equivoca. Amar el pecador significa también esto, según la enseñanza del Señor (Mt 18,15-17; cfr. Ef 6,4; Heb 12,5-11).

El Concilio Vaticano II ha indicado que el hombre debe gobernarse por su conciencia, pero también ha enseñado que “todos los hombres están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla”[8]. Y esto a causa de la dignidad de la persona humana, por la cual los hombres “están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias”[9]. Y más adelante: “Todo esto se hace más claro aún a quien considera que la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su sabiduría y de su amor. Dios hace partícipe al hombre de esta su ley, de manera que el hombre, por suave disposición de la divina Providencia, puede conocer más y más la verdad inmutable. Por lo tanto, cada cual tiene la obligación y por consiguiente también el derecho de buscar la verdad[10] en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, se forme, con prudencia, rectos y verdaderos juicios de conciencia”[11].

En la formación de su conciencia los cristianos deben también considerar la doctrina de Iglesia, orientada a la salvación de todos según el propósito de Dios salvador, “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,4).  Es por voluntad de Cristo que la Iglesia católica es maestra de verdad. Su misión es anunciar y enseñar auténticamente la verdad que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar autoritativamente los principios del orden moral que brotan de la misma naturaleza humana[12]. Al enseñar toda la verdad contenida en los evangelios, por tanto, la Iglesia no hace otra cosa que obedecer al mandamiento del Señor resucitado: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20). En este “todo” está incluida también su enseñanza sobre el divorcio y las segundas nupcias.

La Iglesia, siguiendo el modelo y la enseñanza de su Señor, siempre ha enseñado que se debe tratar con exquisita misericordia a las personas que se encuentran en situaciones irregulares respecto al matrimonio. Una misericordia, sin embargo, que no tenga en cuenta todas las enseñanzas del Señor en esta materia sería una falsa misericordia, porque estaría privada, en parte o en todo, de la verdad. Sería, por el contrario, causa y fuente de muchos males, como enseña Santo Tomás en su comentario a las bienaventuranzas del Sermón de la montaña: “La justicia sin la misericordia es crueldad; la misericordia sin la justicia es madre de la disolución”[13].

Solo la verdad hace completamente libre al hombre[14]. Aquella verdad que es la persona de Jesús, Verbum abbreviatum[15] que compendia todas las Escrituras, antiguas y nuevas. Él es la verdad que se expresa en todas sus palabras, sin recortes o disminuciones. Él es la verdad, que al mismo tiempo es camino a la vida, a la salvación eterna, única meta de nuestra existencia cristiana (Jn 14,6)[16]. Así lo confesó San Pedro, primer Papa, cuando muchos abandonaban al Señor porque hallaban “duras” sus palabras (cfr. Jn 6,60): “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

[1] La exégesis es ciencia teológica; cfr. Benedetto XVI, Gesù di Nazaret (Milano 2007) 7-20. Por eso los textos deben ser estudiados a la luz de la pre-comprensión de la fe del conjunto de la revelación bíblica (cfr. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 15/IV/1993). No deben, por tanto, ser analizados en base a prejuicios ajenos a la fe, y tampoco deben ser estudiados sin hacer un análisis exegético cuidadoso que tenga en cuenta también los contextos inmediatos y más amplios (el conjunto de la revelación bíblica). De otro modo se corre el riesgo de llegar a conclusiones inexactas, que van quizás de acuerdo con los preconceptos con los que se había iniciado el estudio.

[2] Ep. 49 al. 48, 17, 7.

[3] In Ga. 1, 11 ss. Cfr. Benedicto XV, Carta encíclica Spiritus Paraclitus en ocasión del XV Centenario de la muerte de San Jerónimo (15/IX/1920).

[4] La gracia del Espíritu Santo es la esencia de la ley nueva y es la única causa formal de la justificación; cfr. Concilio Tridentino, Decretum de iustificatione, Sesión VI, 7: DS 1528ss.; Catecismo de la Iglesia Católica, 1987-2005.

[5] Por ejemplo, Séneca afirma, con cierta ironía, que el divorcio abundaba en los ambientes romanos: está de moda, dice, que las mujeres cuenten sus años no por el número de los cónsules, sino por el de sus maridos; cfr. De beneficiis, III, 16, 2-3. Sobre la respuesta de la Iglesia de los primeros siglos a esta realidad sociológica véase M. Aroztegi, “La renovación cristiana del matrimonio y la familia: la interpretación de los Padres de la Iglesia”, en Anthropotes 30 (2014) 111-162.

[6] “Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza” (Fil 4,13); “Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga. No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación, os dará modo de poderla resistir con éxito” (1 Co 10,12-13).

[7] La distinción aparece en la carta del Prof. Gargano a S. Magister, y es tal vez una de las claves de lectura para poder entender su pensamiento.

[8] Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, 1.

[9] Dignitatis humanae, 2.

[10] Cfr. S. Tomás, Summa Theologiae, I-II, 91,1; 93,1-2.

[11] Dignitatis humanae, 3.

[12] Cfr. Dignitatis humanae, 14.

[13] “Iustitia sine misericordia crudelitas est, misericordia sine iustitia mater est dissolutionis”; in Super Evangelium S. Matthaei Lectura, Marietti Ed. (Torino 1951) cap. V. lectio 2, n. 429. En el contexto el término “dissolutio” debe entenderse como disgregación o corrupción de lo que es justo, sea en el sentido de ser conforme y agradable a Dios, sea en el sentido de dar a cada uno lo suyo (la justicia). Porque las cosas de Dios exigen una justicia o verdad, y en este sentido verdad y justicia son sinónimos (cfr. Summa Theologiae, I, q. 21, aa. 3-4). De aquí que en las cosas de Dios no se pueda contraponer la misericordia a la justicia, porque no se es verdaderamente misericordioso si no se cumple también la justicia  (o verdad) de las cosas según el querer de Dios. Aún más, si se usa una falsa “misericordia” contra la justicia o verdad de las cosas, se ponen los fundamentos para la disolución o corrupción de las cosas de Dios, y de la participación del hombre en las cosas de Dios.

[14] “Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32).

[15] Sobre esta expresión aplicada a Cristo por los Padres de la Iglesia y por los autores medievales véase Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (30/IX/2010), 12. Los Padres de la Iglesia se habían basado en el texto de Is 10,23 (LXX), citado por San Pablo en Rm 9,28.

[16] “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).

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Un comentario

  1. Excelente para que entendamos los que Dios nos dice respecto a matrimonio y la separación que hacemos los hombres, porque no estamos dispuestos ha aceptar la cruz de CRISTO, deseamos que nuestra vida sea el paraíso que hemos perdido y no tenemos deseo de conquistarlo

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