Sagrada Escritura, el trato familiar y profundo – Rezar con la Biblia

Presentamos aquí varios puntos del libro del padre M. A. Fuentes: REZAR CON LA BIBLIA: ¿Cuánto amamos la Biblia? (Colección Bíblica 1; Ed Verbo Encarnado, San Rafael 2009).

San Jerónimo fue el primer gran traductor de la Biblia en Occidente

San Jerónimo fue el primer gran traductor de la Biblia en Occidente, y sobre todo, un gran estudioso y amante de la Palabra de Dios

Si la Palabra viva y eficaz de Dios, es la Sagrada Escritura, el trato familiar y profundo con la misma es eficazmente reparador y santificante. Si no nos dice nada, es por nuestra superficialidad. Debemos tener con la Biblia un trato más profundo del que solemos: debemos no sólo leerla sino estudiarla; si es posible, leer comentarios sobre ella (siempre que nos conste que son buenos y concordes con la sana doctrina católica); quienes tengan más luces, deberían animarse a enfrentar los libros especializados que nos introducen en ese mundo misterioso, especialmente bajo la guía segura del magisterio y de los grandes padres y teólogos, con mucho tiento para no caer desbarrancados en la crítica racionalista. Y en particular, los sacerdotes deberían tomar consciencia que son “explicadores de la Sagrada Escritura”; comentadores, aunque más no sea para su provecho personal y el de sus feligreses.

Este contacto se puede realizar de diversas maneras: por la lectura espiritual, por el estudio, por la meditación y por la lectio divina. Presentaremos aquí brevemente estos cuatro modos, dejando la explicación detallada del último para un siguiente artículo.

  1. La lectura espiritual de la Sagrada Escritura

La ‘lectura espiritual’ es la lectura de libros místicos y tratados espirituales, en los que buscamos no sólo el conocimiento de las cosas espirituales sino principalmente el gusto y el afecto de las mismas.

La lectura espiritual tiene cuatro fines principales: alimentar el alma, elevar el corazón a Dios, ayudar de modo preparatorio a la oración y fomentar el recogimiento interior. Evidentemente no cualquier libro sirve de lectura “espiritual”, pues no todos los escritos producen tales frutos. La Sagrada Escritura es, en tal sentido, el libro básico de la ‘lectura espiritual’, aunque no sea el único (pueden alcanzarse esos frutos con los escritos espirituales de los Padres, y de los ‘maestros espirituales’ de la época medieval y moderna).

“La Iglesia, dice el Catecismo, recomienda insistentemente a todos los fieles… la lectura asidua de la Escritura para que adquieran «la ciencia suprema de Jesucristo» (Flp 3,8), «pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» dice San Jerónimo”[1].

La lectura espiritual nos ayuda a adquirir conocimientos espirituales, es la base de nuestras convicciones de fe y el estímulo para una entrega generosa a Dios. Una lectura corrida de la Sagrada Escritura, sea de toda la Biblia o de algún libro en particular, se encuadraría en esta categoría. Es muy importante, por cierto.

Muchos católicos no leen la Biblia porque la consideran una lectura demasiado “larga” o “empeñosa”. Y lo es; pero no tanto como parece. Téngase en cuenta que si cada día leyéramos cuatro capítulos de la Biblia, terminaríamos de leerla completamente en menos de un año (más precisamente en once meses).

A quien quisiera leer la Biblia de corrido, especialmente si es la primera vez que lo hace, le recomendaríamos un orden particular: se debe comenzar por el Nuevo Testamento (pues éste ilumina al Antiguo), ante todo por los Evangelios, luego los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de San Pablo y de los otros apóstoles; finalmente el Apocalipsis. Recién después de haber leído el Nuevo Testamento, conviene embarcarse en la lectura del Antiguo, la cual puede hacerse en el mismo orden en que están publicados los libros en nuestras Biblias. Es siempre muy recomendable leer las introducciones que nos sitúan en el contexto histórico y en la mente del autor inspirado; lamentablemente muchas versiones tienen introducciones contagiadas de ideas racionalistas[2].

  1. El estudio de la Sagrada Escritura

Discutiendo con los fariseos, Jesús les echa en cara su poco entendimiento de la Biblia; no les critica su falta de lectura, sino su leer sin entender: ¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban…? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? … Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio… (Mt 12, 3-7). Si no estudiamos, también nosotros leeremos sin entender.

El estudio se orienta particularmente a la inteligencia de la persona. Un estudio más científico es el interesado principalmente en las cuestiones técnicas, gramaticales, históricas, geográficas, literarias, etc., de la Biblia. Es muy útil e importante. Tal vez no todos están llamados a esta tarea; el sacerdote, al menos, debería hacer el intento de tener un conocimiento científico de la Sagrada Escritura. Y los fieles, no harían mal, por lo menos en desearlo, como leemos en las hermosas palabras de Santa Teresita del Niño Jesús: “¿No resulta triste ver, en la misma Sagrada Escritura, tantas diferencias de traducción? Si yo hubiese sido sacerdote, habría aprendido el hebreo y el griego, y no me habría contentado con el latín, y así habría podido conocer el verdadero texto dictado por el Espíritu Santo”[3].

La Sagrada Escritura debe ser estudiada (y leída, se entiende) dentro de la Iglesia. Es decir, en la gran tradición de la Iglesia y bajo la guía auténtica y segura del magisterio de la Iglesia. ¡He aquí la gran deuda de la teología contemporánea que ha protestantizado la lectura y el estudio de la Biblia, sumergiendo en el caos y en los extravíos más serios al mundo católico! Pero no obraron así los santos. Por ejemplo, la gran Santa Teresa de Jesús no desea más que interpretar el Cantar de los Cantares “no saliendo de lo que tiene la Iglesia y los santos”[4]. Y por este motivo busca a los “grandes letrados”, porque “Dios los [sos]tiene para luz de su Iglesia”[5]. Y desea ardientemente “siempre procurar ir conforme a lo que [sos]tiene la Iglesia, preguntando a unos y otros… que no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar –aunque viese abiertos los cielos– un punto de lo que [sos]tiene la Iglesia”[6]. Esta intuición teresiana nos recuerda que el Magisterio tiene “la misión de garantizar la auténtica interpretación, y de indicar, cuando sea necesario, que tal o cual interpretación particular es incompatible con el evangelio auténtico”[7].

San Juan de Ávila, comentando aquel versículo del Salmo Audi filia que dice “inclina tu oído”, lo aplica principalmente a la Sagrada Escritura contraponiendo el “inclinar el oído” al “arrimar la vista”. Esto último ocurre, según el santo, cuando el corazón quiere entender los misterios del libro sagrado con sus propias luces; quiere, precisamente, “ver”, que todo sea luz para él, y no se resigna a tener que caminar en la penumbra del misterio. Pero en estos caminos, el que quiere caminar por sus propias luces, se condena a la ceguera: “… Muchos… porque se arrimaron más a la vista que a inclinar la oreja, se les tornó la luz en ceguedad y tropezaron en luz de mediodía como si fuera tinieblas”. No anatematiza el santo el sano intento de penetrar la Palabra divina; todo lo contrario, como lo demuestran sus escritos; pero fustiga la pretensión de que en este terreno el oído, es decir, la docilidad del corazón a la guía segura del Magisterio y de la Tradición, no sea el principal y determinante referente: “Y habéis de mirar que la exposición de esta Escritura no ha de ser por ingenio de cada cual, que de esta manera qué cosa habría más incierta que ella, pues comúnmente suele haber tantos sentidos cuantas cabezas [es decir, cada intérprete le haya un sentido diverso], mas ha de ser por la determinación de la Iglesia católica, a interpretación de los santos de ella, en los cuales habló el mismo Espíritu Santo, declarando la Escritura que habló en los mismos que la escribieron. Porque, de otra manera, ¿cómo se puede bien declarar con espíritu humano lo que habló el Espíritu divino? Pues que cada Escritura [es decir, cada pasaje de la Sagrada Escritura] se ha de leer y declarar con el mismo espíritu con que fue hecha[8]. Y aunque a toda la Escritura de Dios hayáis de inclinar vuestra oreja con muy gran reverencia, inclinadla con muy mayor y particular devoción y humildad a las benditas palabras del Verbo de Dios hecho carne, abriendo vuestras orejas del cuerpo y del ánima a cualquier palabra de este Señor, particularmente dado a nosotros por maestro, por voz del eterno Padre que dijo: Este es mi amado Hijo en el cual me he complacido, a él oíd. Sed estudiosa de leer y oír con atención y deseo de aprovechar estas palabras de Jesucristo. Y sin duda hallaréis en ellas una excelente eficacia que obre en vuestra ánima, como no la hallaréis en todas las otras”[9]. Y añade poco más adelante: “Y contra esta Iglesia no os mueva revelación ni sentimiento de espíritu, ni otra cosa mayor o menor, aunque viniese ángel del cielo a lo decir, porque como dice San Pablo, esta Iglesia es columna y firmamento de la verdad, y mora en ella el Espíritu Santo, que ni engaña ni puede ser engañado”[10].

  1. La meditación de la Sagrada Escritura

Meditación de la Sagrada Escritura es lo que también podemos llamar “estudio sapiencial”. Lo entiendo como una lectura o estudio sencillo de la Sagrada Escritura, que puede consistir, quizá, en leer tratando de entender cada expresión, de sacarle todo el fruto que se pueda, todas las aplicaciones personales a la propia vida. A veces puede uno servirse de los comentarios de otros autores, especialmente de los Santos Padres y de otros teólogos reconocidos por la Iglesia.

Se entiende que la meditación apunta a una comprensión espiritual de la Sagrada Escritura. La distingo de la “lectio divina” en cuanto esta no se detiene tanto en las palabras o versículos particulares sino que se apoya más en textos más o menos largos y además se hace siempre en un ambiente de oración, mientras que la meditación pienso que puede hacerse “a caballo” entre la oración y el estudio bíblico.

La meditación tiene como fin “nuevas luces y sentidos ocultos y misteriosos”, en el decir de Teresa del Niño Jesús: “Lo que me sustenta durante la oración, por encima de todo es el Evangelio. En él encuentro todo lo que necesita mi pobre alma. En él descubro de continuo nuevas luces y sentidos ocultos y misteriosos”[11]. Y añade: “Jesús me guía momento a momento y me inspira lo que debo decir o hacer. Justo en el momento en que las necesito, descubro luces en las que hasta entones no me había fijado”. Y en carta al P. Roulland llega a escribir: “A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios”[12].

La meditación de la Biblia puede hacerse de muchas maneras, pues hay métodos de meditación diversos según sean sus autores (san Ignacio, san Juan de Ávila, santa Teresa, etc.). También puede uno servirse, para meditar los textos sagrados, de la búsqueda de los “sentidos bíblicos” cuya tradición se remonta al siglo IV, y que fue sintetizado, al parecer, por Agustín de Dacia (hacia el 1286), en aquel díptico: «Littera gesta docet, qui credas allegoria, Moralis quid agas, quo tendas anagogia» (La letra enseña los hechos; lo que debes creer, la alegoría; el sentido moral lo que debes hacer, y dónde tender la anagogía. Propiamente hablando se trata solamente de dos sentidos: el literal y el espiritual; pero este último se divide en tres, dando así cuatro sentidos.

El sentido histórico o literal es el sentido estricto y objetivo de las palabras: Lo que las palabras dan a entender de forma literal. Es el fundamento de toda interpretación, y los demás sentidos podrán considerarse válidos en la medida que se apoyen sobre éste y no lo contradigan, de otro modo, caeríamos en el alegorismo arbitrario[13].

Pero la Sagrada Escritura, por tener como autor al mismo Dios, quien no sólo se sirve de palabras, como los poetas, sino también puede acomodar hechos y acontecimientos para manifestar sus misterios, tiene también un sentido más profundo, que es llamado, por eso, espiritual. Este es triple: El primero se denomina sentido alegórico, y es aquel por el cual las realidades del Antiguo Testamento son figura del Nuevo; es el sentido de la historia de Israel, por el que todo el pueblo de Israel fue profético y figurativo de lo que sería la vida de Cristo. Dice el Catecismo: “El Nuevo Testamento tiene que leerse a la luz del Antiguo [Testamento]. La catequesis de los primeros cristianos empleaba en forma permanente el Antiguo Testamento. Como expresaba un antiguo dicho, el Nuevo Testamento yace oculto en el Antiguo Testamento y este se revela en el Nuevo”[14]. Así, por ejemplo, el paso del mar Rojo significa la victoria de Cristo y el bautismo; el cordero pascual, el sacrificio de la cruz, etc.

Tenemos, luego, el sentido anagógico, por el cual las realidades del Nuevo Testamento son figura de las realidades futuras; así, por ejemplo, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste. Y, finalmente, el sentido moral o tropológico, por el cual los hechos de Cristo son modelo y figura de lo que debemos obrar nosotros los cristianos, como lo expresa ya san Pablo: Todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos (1Co 10, 11).

La búsqueda de estos sentidos en la oración, pueden hacer de ella una meditación fructífera que nos podría llevar a experiencias semejantes a la del beato Manuel González desde su destierro en Gibraltar: “Me ocurre con la contemplación del Evangelio algo de lo que me ocurre con la contemplación del mar. El mar y el Evangelio contemplados en conjunto me abruman, con su grandeza me dejan en suspenso el pensamiento y como paralizados los sentidos. El mar a los poetas hace decir muchas cosas; a mí me hace enmudecer… ¡Cuántas tardes y cuántas mañanas de estos mis días de destierro de la patria siento ese aplanamiento ante esta inmensidad de agua azul o brumosa del estrecho de Gibraltar! Pero lo que me oculta la masa me lo sugiere el pormenor… La figura caprichosa que forma una roca besada o lamida por la ola que va y viene, el juguete de las aguas con la lanchita pescadora que sube y baja como un gigantesco columpio, los matices y cambiantes de brillos y colores que ponen en la superficie del agua las nubes del cielo, los peñascos que oculta, y las distintas direcciones de los vientos; ¡cómo entretienen y hablan y sugieren comparaciones éstos y otros innumerables pormenores del mar! Algo de eso, decía, me ocurre con el Mar de luz, de santidad y de belleza que se llama Evangelio; el conjunto me cierra los labios, me achica y casi anonada; el pormenor me eleva y dispone a contemplar sin mareo y sin perplejidad los tesoros y maravilla que encierra”[15].

  1. La “lectio divina”

La lectio divina o lectio sacra aparece mucho en la literatura patrística de los siglos IV y V[16]. San Jerónimo dice, por ejemplo: “Que el alma se alimente cotidianamente en la divina lectura” (mens quotidie divina lec­tione pascatur); y San Ambrosio, hablando de un cristiano dice que “está dirigido al alimento de la divina lectura” (divinae pabulo lec­tionis intentus). Alcuino, decía: “Como la luz alegra los ojos, así la lectura [sagrada] el corazón” (Sicut lux laetificat oculos, ita lectio corda). Los monjes la convirtieron en una fuente principal de oración.

El término lectio no puede reducirse a su traducción literal de “lectura”, aunque nos vemos obligado a usar esta expresión; en realidad le queda chica. Tampoco corresponde a “estudio”, si se entiende éste como actividad científica o cultural, de la que ya hemos hablado antes. Podría cuadrarle mejor el de “meditación” siempre y cuando no se lo confunda con la meditación sistemática tal como se practica especialmente a partir de San Ignacio de Loyola, o como la hemos referido en el punto anterior. En mucho se aproxima a la contemplación adquirida que describen los autores espirituales.

En cuanto a la expresión divina, indica dos cosas: que tiene por objeto la Palabra de Dios, y que es una lectura hecha en la intimidad del diálogo entre el hombre y Dios. Teniendo en cuenta estas cosas, Louis Bouyer la definió como “una lec­tura personal de la palabra de Dios, mediante la cual nos esforzamos por asimilar su substancia; una lectura que se hace en la fe, en espíritu de oración, creyendo en la presencia actual de Dios que nos habla en el texto sagrado, mientras nos esforzamos por estar nosotros mismos presen­tes, en espíritu de obediencia y de completa entrega tanto a las promesas como a las exigen­cias divinas”[17].

La convicción fundamental de fe que guía este modo de acercarse a la Sagrada Escritura es la expresada, entre otros, por Adalgero: “cuando oramos, nosotros hablamos con Dios; cuando leemos (lectio) Dios habla con nosotros”[18]. También San Jerónimo decía: “oras, hablas con el Esposo; lees, Él te habla a ti”[19]. Esto implica:

a) Que se tiene un sentido vivísimo de la trascendencia de la Palabra divina: Es “carta venida del cielo”, ante la cual todo lenguaje humano empalidece. Se la cali­fica como divina pagina, sacra pagina, perennis pagina, etc.

b) La convicción de que la Biblia es un libro actualmente vivo y operante. Bajo las fórmulas, está la presencia misteriosa de Dios que me interpela. Escu­chando sus palabras “es como si viese su propia boca”[20]. Por tanto, Dios inspira siempre al que la lee con fe. La palabra “es fecundada milagrosamente por el Espíritu”, que continúa animándola con su soplo y asegura su juventud perenne. No sólo transmite un mensaje, una doctrina, sino que además es una presencia, es “alguien” (es como un modo de contemplación). Es el acto con que Dios me busca, se revela a mí y exige que me comprometa con Él. De ahí que se diga que la lectura de la Sagrada Escritura tiene una eficacia salvífica: en ella “se bebe la salvación”[21].

Más aún, las palabras de Dios se hacen palabras nuestras. Por eso en la Historia de un alma, Santa Teresita transcribe palabras que dice Jesús en el Evangelio de San Juan pero aplicándoselas ella misma; son aquellas: “Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo y que el mundo sepa que tú los has amado como me has amado a mí”. Y añade: “Sí, Señor, esto es lo que yo quisiera repetir contigo antes de volar a tus brazos”. Pero inmediatamente se pregunta si no está exagerando al dirigir al Padre con sus propios labios, lo que fue dicho en realidad por Jesucristo, y reflexiona con estas valiosas palabras: “¿Es tal vez una temeridad? ¡No, no! Hace ya mucho tiempo que tú me has permitido ser audaz contigo. Como el padre del hijo pródigo cuando hablaba con su hijo mayor, tú me dijiste: Todo lo mío es tuyo. Por tanto, tus palabras son mías, y yo puedo servirme de ellas para atraer sobre las almas que están unidas a mí las gracias del Padre celestial”[22]. ¡Tus palabras son mías! Esa es la mejor explicación de este valor actual y operante que debe tener para nosotros la Palabra de Dios.

c) Que hay una visión unitaria: Toda la Biblia converge en Cristo: “Toda la Escritura divina es un solo libro, y este único libro es Cristo”, dice Hugo de San Víctor[23]. Por eso, leer la Escritura es ir en busca de Cristo. En este sentido, para Orígenes, san Ambrosio o san Bernardo la exégesis (por ejemplo, del Cantar de los Cantares) no es técnica, sino una mística. Es hallar a Jesús: “Apenas has empezado a recorrer el códice y ya has encontrado a quien amas” (ermitaño Guillaume Firmat).

¿Cómo hacerla? ¿Cómo llevarla a cabo? Será este el tema de nuestra próxima entrada.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 133.

[2] La mejor versión en Argentina es la Biblia de Mons. Straubinger. También son buenas la Biblia de Jerusalén (no tanto sus notas e introducciones en las últimas ediciones), la de Nácar – Colunga, la de Nieto y otras. No recomiendo la Biblia Latinoamericana.

[3] Santa Teresa del Niño Jesús, Últimas conversaciones, 4.8.5

[4] Santa Teresa de Jesús, Conceptos de amor de Dios, 1, 8.

[5] Santa Teresa de Jesús, Moradas, 5, 1, 6.

[6] Santa Teresa de Jesús, Vida, 25, 12.

[7] Pontificia Comisión Bíblica, La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, III B, 3. Cf. también Dei Verbum 10: “La función de interpretar auténticamente la palabra de Dios, transmitida por la Escritura o por la Tradición, sólo ha sido confiada al magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo”.

[8] El Catecismo dice sobre este mismo tema: “Pero, dado que la Sagrada Escritura es inspirada, hay otro principio de la recta interpretación, no menos importante que el precedente, y sin el cual la Escritura sería letra muerta: «La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita»” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 111)

[9] San Juan de Ávila, Audi filia, al verso Et inclina aurem tuam. Las notas entre corchetes son explicaciones nuestras.

[10] El Catecismo enseña al respecto (nn. 84-87): “El depósito sagrado de la fe (depositum fidei), contenido en la Sagrada Tradición y en la Sagrada Escritura, fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia. Fiel a dicho depósito, todo el pueblo santo, unido a sus pastores, persevera constantemente en la doctrina de los apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones, de modo que se cree una particular concordia entre pastores y fieles en conservar, practicar y profesar la fe recibida. El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo, es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma. El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar solamente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído. Los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus apóstoles: El que a vosotros escucha a mí me escucha (Lc 10,16), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas”.

[11] Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma, ms. A 83v.

[12] Santa Teresa del Niño Jesús, Cartas, n. 226.

[13] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 116.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 129.

[15] Beato Manuel González, Partículas del Evangelio.

[16] Cf. H. De Lubac, Exégése médiévale. Les quatre sens de l’Écriture, París (1959), I, 82-84.

[17] L. Bouyer, Parola, Chiesa e Sacramenti nel Protestantesimo e nel Cattolice­simo, Brescia (1962), 17.

[18] “Cum oramus, ipsi cum Deo loquimur; cum vero legimus, Deus nobiscum loquitur” (Adalgero, Admon. ad Nonsuindam reclus., c. 13: PL 134,931C).

[19] “Oras, loqueris ad Sponsum: legis, ille tibi loquitur” (San Jerónimo, Epist. 22,25: PL 22,471)

[20] San Gregorio Magno, Moral. xvl, 25,43: PL 75,1142.

[21] Regula Ferioli o Ferrioli Uzeticensis 22, en Holstenius, Codex Regularum I, ed. anastá­tica, Graz (1957), 156.

[22] Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma, Ms C 34v; cf. Ms A 55v; Cta. 258.

[23] Hugo de San Víctor, De arca Noe mor., II, 8: PL 176,642.

Marcar como favorito enlace permanente.

Un comentario

  1. Gracias!
    Muy buena lectura.

Deja un comentario