III – Criterio definitivo para conocer la inspiración

            Este artículo continúa el anterior, sobre los criterios para conocer la inspiración bíblica. Estos no pueden ser, como ya hemos visto, internos (la sola atestación de la Biblia, el sentimiento, etc.) ni solo externos basados en testimonios privados o sólo de uso litúrgico o por costumbre.

Tratándose de un hecho sobrenatural, la testificación debe hacerla Dios o quien hace sus veces: la Iglesia. Este criterio es doble: uno remoto y otro próximo, que se complementan perfectamente. El remoto es la Tradición; el próximo es el Magisterio de la Iglesia.

Criterio “público” definitivo: la tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia

1. Tradición

Es una de las fuentes de la Revelación. Los Padres, testigos privilegiados de esta Tradición, han apelado a ella como garantía de la inspiración de las Escrituras. Entre los innumerables testimonios, tenemos, por ejemplo:

* San Ireneo (Adversus haereses): “Nosotros conocimos la disposición de nuestra salud por aquellos por los cuales vino el Evangelio hasta nosotros; lo cual primeramente entonces lo anunciaron, y después, por voluntad de Dios, nos los entregaron (tradiderunt). Y en las Escrituras”.

* Clemente de Alejandría: al rechazar una falsa sentencia de un evangelio apócrifo, argumenta en Stromata: “Ante todo, no hemos recibido esto en los evangelios que se nos entregaron”.

* Orígenes (transcripto por Eusebio en Historia eclesiástica): “Yo recibí como venido de la tradición, en lo que se refiere a los Evangelios, que son los solos incontestables en la Iglesia de Dios…”.

* San Cirilo de Jerusalén (Catequesis): “Medita sólo y repasa los libros que con certeza leemos en la Iglesia; mucho más prudentes que tú eran los Apóstoles y los antiguos obispos rectores de la Iglesia, a quienes ellos se los entregaron; tú, por tanto, siendo hijo de la Iglesia, no perviertas las leyes puestas”.

2. Magisterio

La referencia, por la Tradición, al origen de los testigos de esta enseñanza revelada, como garantía de verdad, es la norma remota de nuestra fe. La norma próxima es el Magisterio de la Iglesia que propone para ser creída la verdad del depósito de la Revelación. De este modo, el depósito de la fe se hace perceptible a la creencia con un valor infalible de fe. Por tanto, el criterio último (próximo) que hace ver la existencia de la inspiración bíblica de determinados escritos a la conciencia de los fieles es la autoridad infalible del magisterio de la Iglesia. Esta ha sido históricamente instituida por Jesucristo con la finalidad de continuar su misión (que incluye, entre otros elementos, el aspecto de enseñanza) y dotada con todo lo necesario para desarrollar este oficio (concretamente, un magisterio autoritativo e infalible).[1] Esta propone, como dogma de fe, la existencia de un conjunto de libros inspirados. Esto es lo que expresa san Agustín al decir: “No creería el Evangelio si no me determinase a ello la autoridad de la Iglesia católica”.

 

[1]No entramos en los detalles de la demostración de este punto. El mismo es estudiado en lo que se llama la Apologética, en concreto en el curso de De vera Ecclesia (o sea, por qué la Iglesia aparece visiblemente como la sociedad que más fielmente representa y transmite la revelación de Dios y de Jesucristo en la tierra).

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