II. Criterios para conocer la inspiración de los libros sagrados

Continuando con la exposición acerca de la Inspiración de los libros sagrados de la Biblia. Los criterios anteichos pueden ser de dos clases:  manuscrito griego

I – Criterios internos

A. Criterios por parte del libro:

1. Testimonio mismo de la Escritura Esta es la postura, entre otros, de Juan Wicleff. Para él, el testimonio mismo de la Escritura es el criterio de su canonicidad, y por ende de su condición de inspirada. Y en ella, esto “está abierto a la inteligencia de los hombres incluso más sencillos en lo referente a cosas necesarias para la salvación”[1]. Idéntica es la posición de otro pre-reformador, Juan Huss. Dentro de esta postura se ubica también Martín Lutero, quien añadía, en la misma línea, como ulteriores criterios de inspiración, la intensidad con que se predica a Cristo mediador[2], y la manifestación (en el Nuevo Testamento) de la doctrina de la justificación por la fe (con este criterio rechaza la carta de Santiago).

Crítica

a)      Son criterios no accesibles a todos, ya que exigen conocimiento del texto y una cierta valoración del mismo.

b)      No es un criterio universal aplicable a todos los libros ni a todos sus pasajes: no todos tienen la misma grandeza y majestad en el contenido, ni todos relatan milagros, ni son todos proféticos, ni todos hablan de la justificación por la fe.

c)      Confunde las cualidades de un escrito con el origen del mismo. Con este mismo criterio, muchos otros libros serían inspirados.

d)     Se trata de un criterio subjetivo y arbitrario. No hay a priori relación de necesidad entre este criterio y el hecho de que Dios haya inspirado estos libros.

2. Criterio objetivo-subjetivo: los efectos religiosos del libro. El libro que produce efectos religiosos saludables manifiesta que los contiene, y que por tanto es inspirado. Dice Calvino: “La Escritura tiene un porqué para hacerse conocer, como las cosas blancas y negras tienen un porqué para mostrar su color, y las cosas dulces y amargas su sabor”. Esto hace que la inspiración de estos libros “se ve a simple vista”.[3] Este fue un criterio común entre los protestantes “ortodoxos” hasta el siglo XVIII.

Crítica

a)      Se trata de un criterio subjetivo y oscilante, mientras que lo que buscamos es un criterio objetivo. No siempre el gusto y la conmoción religiosa se producen con libros bíblicos, y debería producirse de hecho (si se pretende asegurar este criterio). Y de hecho, algunos libros no lo producen (p.e. las listas genealógicas de Levítico y Crónicas). Incluso, se llegaría a concluir que un mismo libro está inspirado y no lo está, porque a veces produce el efecto y a veces no. b)      Es un criterio que se podría aplicar igualmente a otros libros piadosos. c)      No hay relación de necesidad entre este criterio y la inspiración: ni a priori, ni a posteriori (ya que hay libros que producen estos efectos y no están inspirados, al igual que hay libros inspirados que no producen estos efectos).

B. Criterios basados en el autor humano

1. Testimonio del autor humano: Este criterio afirma que nadie es mejor testigo de una obra que aquel que la hizo o compuso. Si el libro está inspirado, y por ende también el hagiógrafo, el mejor testimonio es el del autor.

Crítica

a)      Es un criterio ineficaz cuando se ven, p.e., los autores apócrifos, que llevan el título de profetas o apóstoles. b)      No es un criterio universal. Son pocos los que recibieron explícitamente el mandato divino de escribir. En el Antiguo Testamento tenemos a Moisés, Isaías, Jeremías, entre otros. En el Nuevo Testamento, San Juan. Por otra parte, el mandato de escribir no incluye de por sí la inspiración. c)      Algunos libros más bien parecerían excluirla. P.e., 2 Mac es un resumen (cf. 2 Mac 2,24). Lucas, por su parte, habla de una búsqueda y de confrontación de fuentes. d)     De hecho, ordinariamente la inspiración es inconsciente al hagiógrafo. e)      Hay un círculo vicioso si se considera el testimonio de la propia inspiración como inspirado. Pero si, por otra parte, se toma como un simple testimonio humano, no es concluyente. 2. Carisma del apostolado. Esta postura parte del hecho que Cristo prometió la asistencia del Espíritu Santo para permanecer y penetrar en su enseñanza.[4] Esta asistencia, de modo especialísimo, se daba a los Apóstoles, para permitirles cumplir con su oficio. Y como la enseñanza apostólica podía ser oral o escrita, a ambos modos se extendía la inspiración. Argumento sistematizado por el teólogo protestante Juan Michaëlis en 1791.

Crítica

a)      Se trata de un criterio parcial, no universal. No valdría, de hecho, para los libros del Antiguo Testamento. Para salvar esta dificultad algunos autores recurrieron al carisma de la profecía, con lo cual tenemos en realidad una pluralidad innecesaria de criterios. b)      Tampoco sería válido para todos los libros del Nuevo Testamento: Marcos, Hechos, Lucas. c)      Provoca una confusión entre revelación, infalibilidad e inspiración. Todos los Apóstoles, en su predicación, transmitían la revelación pública (que termina justamente con la muerte del último Apóstol), y en esa predicación gozaban de la infalibilidad. Pero en referencia a la inspiración bíblica, sólo sabemos que, de hecho, determinados Apóstoles tuvieron el carisma de la inspiración para determinados escritos. No hay, por tanto, relación de necesidad, ni aun afirmando que el carisma de la inspiración fuese de hecho conexo extrínsecamente con el carisma del apostolado. Así, de otros escritos apostólicos perdidos (p.e. la carta paulina a Laodicea, y quizás una carta de san Pablo a los corintios, anterior a 1 Corintios) no sabemos si eran inspirados. d)     Tampoco los Padres concluyeron la inspiración por su sólo origen apostólico. El criterio de los Padres, especialmente en el siglo II, fue no el apostolado a secas sino la tradición apostólica, es decir, la tradición que se remonta a los Apóstoles.

II – Criterios externos

1. Criterio “privado”: Este argumento afirma que Dios testimonia inmediatamente a quien lee la Escritura la realidad de la inspiración del libro. Es un criterio clásico entre las Iglesias protestantes históricas. “El Espíritu Santo atestigua en nuestros corazones que ellos [los libros sagrados] emanan de Dios y que llevan en sí mismos su aprobación”.[5] Son canónicos “no solamente por el sentimiento unánime de la Iglesia, sino también y principalmente por el testimonio del Espíritu Santo y la convicción que él da interiormente, ya que es él el que los hace distinguir de otros escritos eclesiásticos”.[6] Crítica a)      Es un criterio subjetivo y particular: Dios podría ciertamente iluminar privadamente a algunos hombres, pero no es suficiente para lo que buscamos. b)      Se presta fácilmente a deformaciones y parcializaciones. c)      Se opone a la experiencia, ya que de hecho nadie lo ha percibido de modo explícito y terminante. El testimonio de la discrepancia entre las confesiones protestantes (y muchísimo más en los movimientos religiosos libres de origen cristiano en los siglos XIX y XX en Estados Unidos) es una irrefutable prueba en contra. 2. Criterio “público” intermedio: el uso litúrgico A mitad de camino entre testimonio privado al fiel inmediatamente de Dios, y el testimonio público de un magisterio normativo y vinculante, realizado por una institución que se remonte al origen apostólico de los libros bíblicos, se ubica este argumento, que toma como criterio el uso litúrgico que hizo la Iglesia primitiva de estos libros. Los libros bíblicos, usados en las asambleas litúrgicas de los primeros cristianos, eran considerados como normativos de la fe y de la vida cristiana, y vistos como inspirados por Dios. Crítica a)      En la liturgia primitiva no se leyeron siempre todos los libros de la Escritura (p.e. los déutero-canónicos). b)      De los libros que se leyeron, no se leyeron todas sus partes, sino que fueron seleccionadas según la oportunidad litúrgica. Si, por tanto, el uso de los textos fuese el criterio de inspiración, carecerían de él las partes no leídas. Por otra parte, si se afirma que basta el uso de algunas partes de un libro para justificar todo, se trata de un principio que es preciso demostrar. c)      En las asambleas litúrgicas primitivas se leyeron también otros escritos eclesiásticos: primera Carta de Clemente Romano (según cuenta Eusebio de Cesarea), las “pasiones” de los mártires (según el Concilio I de Cartago), la Carta de Policarpo (según San Jerónimo), etc. 3. Criterio “público” definitivo: la tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia Tratándose de un hecho sobrenatural, la testificación debe hacerla Dios o quien hace sus veces: la Iglesia. Este criterio es doble: uno remoto y otro próximo, que se complementan perfectamente. Lo desarrollaremos en un próximo artículo. [1] Cf. J. Wiclef, De veritate Scripturae. [2] Con este criterio rechazó los deuterocanónicos del Antiguo Testamento (Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico o Sirácida, Baruc, 1 y 2 Macabeos), Ester, Crónicas y Eclesiastés o Qohelet, además de Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis en el Nuevo Testamento. [3] Cf. Institutiones l.I, c.7, n.2. [4] Cf. E. Mengelle, “El Espíritu Santo Maestro”, Diálogo 22, 125-137. [5] Confesión Protestante de los Países Bajos, art. 5. [6] Confesión Protestante Francesa, art. 4.

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