Historia de la interpretación del Génesis

Reconstrucción del Arca de Noé

Reconstrucción artificial del Arca de Noé

Siguiendo el estudio del Génesis, comenzamos ahora con la historia de su interpretación.

La tradición judía y también la cristiana han siempre considerado a Moisés como el autor del Pentateuco y de cada uno de los cinco libros que lo conforman. Al mismo tiempo, nunca se pusieron en duda la historicidad y la veracidad de los hechos allí descritos. Se admitían, por supuesto, algunas posibles interpretaciones incluso alegóricas o menos literales, aunque salvando siempre la verdad del texto. La tradición judía está representada, en esta materia, principalmente por Flavio Josefo, Filón de Alejandría y el Talmud. La tradición cristiana, en cambio, por los Padres y los primeros escritores eclesiásticos, como Clemente de Roma, Teófilo de Antioquía, Orígenes, Tertuliano, Gregorio de Nisa, San Jerónimo. Más concretamente, en relación con la llamada “historia de los orígenes” -los tres primeros capítulos del Génesis-, la tradición cristiana, como podremos ver, se remonta a dos corrientes principales: La de los padres capadocios y antioquenos, proclive a interpretar la historia de la Creación en etapas sucesivas de tiempo, y la de San Agustín, que sobre todo en un segundo y último momento se inclina por hablar de creación simultánea de la realidad, aunque completando su teoría con la de la  existencia de las razones seminales de las sustancias puras, y dando lugar también a una interpretación alegórica o espiritual de la narración, en relación con la naturaleza y el intelecto de los Ángeles. Ambas posiciones serán recogidas y presentadas magistralmente por Tomás de Aquino, en época escolástica, que llegará a mostrar como pueden ser ambas válidas sin contradicción. Intentaremos desarrollar estas posiciones en detalle en el transcurso de nuestro trabajo.

            Hasta la Reforma protestante, la historicidad y la autenticidad del Génesis no se ponían en duda. Con el surgimiento del humanismo, caracterizado por el gusto por la antigüedad clásica, por la historia y la filología, se desarrolla también una actitud intelectual que tiende a leer los textos antiguos críticamente, tanto en campo católico como en el protestante, pero con una actitud diferente en cada caso:

            La Reforma Protestante, con sus principios de ‘sola escritura’ y ‘libre examen’ acelera este movimiento crítico, llevándolo a cada vez más impredecibles consecuencias. El inicio de esta crítica se puede encontrar en Andreas Bodenstein (1486-1541) – llamado Karlstad por su lugar de origen -, guía del movimiento reformista en Wittenberg (sede del luteranismo). A partir de reflexiones aún más claramente críticas, se mueven el filósofo empirista inglés Thomas Hobbes (1588-1679), el estudioso francés Isaac de la Peyrère (1594-1676) y especialmente el filósofo judío Baruch Spinoza, nacido en Ámsterdam, autor del Tractatus theologico-politicus (Amsterdam 1670). Spinoza atribuye a Moisés sólo aquello que el texto bíblico le atribuye explícitamente, aunque considera que con el distinguido legislador comenzó la gran obra histórica que se llama Pentateuco. El autor habría sido alguien que vivió mucho tiempo después de Moisés, probablemente Esdras. Desde entonces, la autenticidad mosaica (de Moisés) del Pentateuco, en el contexto de la exégesis protestante y de la Ilustración, será cada vez más cuestionada. Esto conducirá también a considerar la historia de los orígenes como meras fábulas e historias ficticias. Algunos admitirán un núcleo histórico apenas perceptible y difícil de rastrear.

            Los autores católicos mantenían, en general, el carácter histórico de las narraciones del Génesis. Consideraban, sin embargo, que allí se exponían hechos históricos, pero adornados con adiciones no históricas, y embellecidos con otras doctrinas históricas sólo en apariencia. Basaban dicha posición en la costumbre oriental de narrar los hechos de una manera concreta, subrayando incluso los detalles más insignificantes, y en el carácter didáctico y religioso de estos relatos, que permitían que se dieran narraciones históricas en cuanto a la sustancia o fondo, pero con adiciones de tipo alegóricas y simbólicas, añadidas sí por inspiración divina, pero sólo con el fin de exponer y destacar las doctrinas religiosas. Estas adiciones eran indudablemente verdaderas, pero sólo en el aspecto simbólico y en la medida en que servían para transmitir el elemento religioso. El sacerdote Richard Simon (1638-1712), jurista y especialista en lenguas semíticas, y al que muchos consideran el verdadero iniciador de la crítica moderna, fue el principal exponente católico de aquel tiempo, en este campo. En su obra fundamental, Histoire critique du Vieux Testament (París 1678; Rotterdam 1685), Simon admite que Moisés compuso la parte legislativa (del Pentateuco) y el Génesis, basándose en documentos anteriores. El resto sería obra de escritores posteriores, escribas públicos en su mayoría, que habrían puesto por escrito una larga tradición que se remonta a Moisés. La coronación de esta obra se lograría con el escriba Esdras.

            A partir del siglo XVIII, con la Ilustración, se abre una nueva etapa en este tipo de estudios. Sobre estos capítulos del Génesis en particular, muchos autores – ya sea católicos que protestantes- creen que contienen mitos poéticos de origen muy antiguo, ‘purificados’ por el hagiógrafo y por él adaptados al monoteísmo. Entre ellos: Astruc, Eichorn, De Wette, Ilgen, Ewald, Lenormant, hasta los más modernos: Gunkel, Loisy, etc.

            Entre los católicos, fue Lenormant el primero en abordar el problema de las relaciones entre los primeros capítulos del Génesis y las tradiciones de los antiguos pueblos orientales, sobre todo, caldeos. En su opinión, los autores sagrados habrían utilizado las antiguas tradiciones de su pueblo, idénticas a las de otras naciones, para expresar las verdades de orden sobrenatural, reveladas por Dios, que pretendían enseñar. Concluye diciendo que dichas tradiciones, que no tienen valor histórico en los relatos profanos, tampoco pueden tenerlo en la Biblia. De este modo, se niega verdaderamente la historicidad. Una narración profana se diferencia de uno bíblico sólo en el “espíritu”. El profano es politeísta, el bíblico es en cambio monoteísta, purificado por la luz de la inspiración, revestido de verdades sublimes y eternas y vehículo de transmisión de una profunda enseñanza dogmática. Lenormant distingue en el Génesis entre el ‘fondo’ y la ‘forma’: da la distinción entre la doctrina fundamental que es propia de los israelitas, y donde el cristianismo reconoce la inspiración divina, y la forma figurada de los relatos, que es común a los israelitas y a los pueblos paganos que los rodeaban.

            La reacción católica contra Lenormant fue unánime en todas partes en aquel tiempo. Estaban en juego muchas cuestiones: la extensión de la inspiración, la inerrancia, la autoridad de la tradición en la interpretación de la escritura. Pronto comenzaría Loisy – sacerdote católico- a sembrar recelo. En dos artículos, de los años 1891 y 1892, negaba el carácter histórico del primer capítulo del Génesis, porque en el análisis del texto no descubre nada que se asemeje a las conclusiones de la ciencia moderna, y porque, según él, puede depender de la tradición caldea, que no tiene valor históricamente. Retoma la idea de la distinción entre la doctrina enseñada (fondo) y el cuadro en que se la representa (forma), en particular para los capítulos 2 y 3 del Génesis. No rechaza la doctrina en sí misma, sino más bien la realidad de los hechos concretos que sirven para expresarla: La formación del hombre de la tierra, la de Eva de Adán, el jardín del Edén, los árboles y la serpiente, son cosas que no corresponderían a la realidad histórica. Pero la ‘enseñanza’ que se desprende del relato, esa sí es verdadera. Según Loisy, la sustancia doctrinal de los primeros capítulos del Génesis se resume del siguiente modo: «Dios creador del mundo y de la humanidad; providencia omnipotente, justa y misericordiosa; la unidad de la especie humana; la decadencia primitiva, con la esperanza de levantarse, etc.»

            Para aclarar puntos controvertidos, casi inmediatamente salió la primera encíclica del Papa destinada a los estudios bíblicos: la la Providentissimus Deus, de León XIII. En ella se condenaban los errores racionalistas, especialmente el atribuir a las narraciones bíblicas un carácter mitológico y negar verdad histórica: «Ahora nuestros principales adversarios son los racionalistas, que (…), fundándose igualmente en su propia opinión, rechazan abiertamente aun aquellos restos de fe cristiana recibidos de sus padres. Ellos niegan, en efecto, toda divina revelación o inspiración; niegan la Sagrada Escritura; proclaman que todas estas cosas no son sino invenciones y artificios de los hombres; miran a los libros santos, no como el relato fiel de acontecimientos reales, sino como fábulas ineptas y falsas historias. A sus ojos no han existido profecías, sino predicciones forjadas después de haber ocurrido los hechos, o presentimientos explicables por causas naturales; para ellos no existen milagros verdaderamente dignos de este nombre, manifestaciones de la omnipotencia divina, sino hechos asombrosos, en ningún modo superiores a las fuerzas de la naturaleza, o bien ilusiones y mitos; los evangelios y los escritos de los apóstoles han de ser atribuidos a otros autores.»[1]

            Aunque nos ocuparemos de los documentos magisteriales en el punto siguiente, hemos querido presentar esta encíclica que marca un antes y un después en los estudios bíblicos católicos.[2] De hecho, desde aquel momento los exégetas católicos sabrán que tendrán que atenerse a considerar como reales los hechos narrados, incluso aquellos de la ‘historia de los orígenes’. El problema surgirá a partir del intento de tratar de concordar esta doctrina con la nueva situación creada en la historia de la exégesis y por los avances científicos.

            Esta será la tarea emprendida por un famoso exégeta católico, el R.P. M.-J. Lagrange, op., quien se apoya en el principio siguiente: Sólo se impone como verdad divina lo que el autor sagrado nos quiere enseñar, y la respuesta es clara: El autor sagrado nos ha querido dar a conocer una historia muy seria y real. Las teorías basadas sobre la pura alegoría no tienen en el texto apoyo alguno. Al mismo tiempo, se pregunta: ¿Estamos obligados a tomarlo todo a la letra en esta historia? El responderá que esta historia no es como otras, sino una historia revestida de figuras y metáforas, donde ciertos indicios presentan una clara tendencia al simbolismo; el carácter popular de ciertas expresiones, los antropomorfismos (como “Dios paseando por el jardín del Edén”, etc.). El problema se suscita en saber cuál sea el límite de estos antropomorfismos o símbolos. ¿No habría también otros elementos que haya que interpretar del mismo modo?: Desfile de animales ante Adán; creación de Eva; la serpiente como ser superior, etc. Él llega a la conclusión que el relato bíblico contiene hechos ciertos, verdaderamente enseñados por el autor sagrado; presentados sin embargo, de una manera figurada. Esto consiste en retornar, en la práctica, a la distinción entre fondo y forma, que suscitará ya desde los comienzos del siglo XX una gran división entre los exégetas católicos: Brucker, Vigouroux, Michenau y otros, en favor del carácter histórico integral de los primeros capítulos del Génesis, mientras que Lestre, Condamin, Podechard, Van Hoonacker y muchos otros, siguieron la hipótesis de la división entre fondo y forma. Por este motivo – y por otros- el papa Pío X procederá a la creación de la Pontificia Comisión Bíblica que tratará, poco tiempo después, el problema sea de la autenticidad mosaica (de Moisés) del Pentateuco, como aquel de la historicidad de los primeros capítulos del Génesis.

 

[1]S.S. P. León XIII, Providentissimus Deus (18/11/1893), 21 [EB 100]http://www.vatican.va/holy_father/leo_xiii/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_18111893_providentissimus-deus_sp.html

[2]Propiamente hablando, ya algunos años antes, el Concilio Vaticano I había ya advertido sobre aquellos que “asimilaban la Escritura a las narraciones míticas” (Cfr. Conc. Vat. I, Constitución dogmática Dei Filius, sec. III – 24/8/1870-  [EB 76]. El concilio también dará la definición oficial de inspiración bíblica y de inerrancia, consecuencia de la anterior).

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